lunes, 21 de agosto de 2017

Introducción y Capitulo I de Génesis Espiritual, estudio comparativo con el original en el idioma francés.

Este contenido aquí expuesto, es la introducción del Libro de Génesis. y el Capitulo I, "Caracteres de la revelación Espírita", 
Espero que este articulo sea una referencia al libro textualmente.
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Veamos la Introducción del Libro de Génesis y a continuación el Capitulo I, "La Revelación Espirita".

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INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA
EDICIÓN, PUBLICADA EN
ENERO DE 1868.

Esta nueva obra constituye un paso adelante en el terreno de las consecuencias y las aplicaciones del espiritismo. Conforme lo indica su título, tiene como objetivo el estudio de tres puntos hasta ahora diversamente interpretados y comentados: la génesis, los milagros y las predicciones, en sus relaciones con las nuevas leyes que se deducen de la observación de los fenómenos espíritas.

Dos elementos, o si se quiere, dos fuerzas rigen el universo: el elemento espiritual y el elemento material. De la acción simultánea de esos dos principios resultan fenómenos especiales, que se tornan naturalmente inexplicables si se prescinde de uno de ellos, del mismo modo que la formación del agua sería inexplicable si no se tomara en cuenta uno de sus elementos constituyentes: el oxígeno o el hidrógeno.

Al demostrar la existencia del mundo espiritual y sus relaciones con el mundo material, el espiritismo proporciona la explicación de una inmensidad de fenómenos que no se han comprendido, y que por eso mismo han sido considerados inadmisibles por parte de cierta clase de pensadores. Esos hechos abundan en las Escrituras, pero sus comentadores no han conseguido llegar a una solución racional, pues ignoraban la ley que los rige. Ubicados en dos campos opuestos, han girado siempre dentro del mismo círculo de ideas: los unos menospreciando los datos positivos de la ciencia, los otros sin considerar el principio espiritual.

Esa solución se encuentra en la acción recíproca del espíritu y la materia. Es verdad que ella quita a la mayoría de esos hechos su carácter sobrenatural. Pero ¿qué vale más: admitirlos como resultado de las leyes de la naturaleza, o rechazarlos por completo? Su rechazo absoluto acarrea la negación de la base misma del edificio, mientras que, admitidos de ese modo, apenas suprimiendo lo accesorio, la base queda intacta. Por eso el espiritismo conduce a tantas personas a la creencia en verdades que no hace mucho consideraban meras utopías.

Esta obra es, pues, como ya lo hemos dicho, un complemento de las aplicaciones del espiritismo, desde un punto de vista especial. Los materiales estaban listos, o al menos elaborados desde hace mucho tiempo, pero aún no había llegado el momento de que fueran publicados. Era preciso, en primer lugar, que las ideas que debían servirles de base llegaran a la madurez y, además, que se tomara en cuenta la oportunidad de las circunstancias. El espiritismo no tiene misterios ni teorías secretas; todo en él debe ser dicho con claridad, a fin de que todos puedan juzgarlo con conocimiento de causa. No obstante, cada cosa debe llegar a su tiempo, para que llegue con seguridad. Una solución dada a la ligera, antes de que la cuestión se elucide por completo, sería más una causa de retroceso que de avance. En la que aquí tratamos, la importancia del asunto nos imponía el deber de evitar toda precipitación.

Antes de que entremos en materia, nos ha parecido necesario definir claramente los roles respectivos de los Espíritus y de los hombres en la elaboración de la nueva doctrina. Esas consideraciones preliminares, que apartan de ella toda idea de misticismo, constituyen el objeto del primer capítulo, titulado: Caracteres de la revelación espírita. Solicitamos que se atienda con seriedad ese punto, porque en cierto modo allí está el nudo de la cuestión.

Sin perjuicio de la parte que toca a la actividad humana en la elaboración de esta doctrina, la iniciativa pertenece a los Espíritus, pero no constituye la opinión personal de ninguno de ellos. La doctrina no es, ni puede dejar de ser, más que el resultado de la enseñanza colectiva y concordante de los Espíritus. Sólo bajo esta condición podemos denominarla doctrina de los Espíritus. De lo contrario, sería apenas la doctrina de un Espíritu, y sólo tendría el valor de una opinión personal.

Generalidad y concordancia en la enseñanza, tal es el carácter esencial de la doctrina espírita, la condición misma de su existencia, de donde resulta que todo principio que no haya recibido la consagración del control de la generalidad no puede ser considerado parte integrante de esa misma doctrina, sino una simple opinión aislada cuya responsabilidad el espiritismo no puede asumir.

Esa concordancia colectiva de la opinión de los Espíritus, sometida además al criterio de la lógica, constituye la fuerza de la doctrina espírita y asegura su perpetuidad. Para que ella cambiara, sería necesario que la universalidad de los Espíritus cambiara de opinión, y que ellos acudieran un día para decir lo contrario de lo que dijeron anteriormente. Dado que la doctrina tiene su fuente de origen en la enseñanza de los Espíritus, para que desapareciera sería necesario que los Espíritus dejaran de existir. Eso es también lo que hará que el espiritismo prevalezca sobre los sistemas personales, pues estos no poseen raíces en todas partes.

El Libro de los Espíritus ha visto consolidado su prestigio porque es la expresión de un pensamiento colectivo general. En abril de 1867 cumplió su primer decenio. En ese lapso, los principios fundamentales, cuyas bases había asentado, fueron sucesivamente completados y desarrollados en virtud de la enseñanza progresiva de los Espíritus. Ninguno ha sido desmentido por la experiencia. Todos, sin excepción, han permanecido en pie, más vivos que nunca, mientras que de las ideas contradictorias que algunos han intentado oponerle, ninguna prevaleció, precisamente porque en todas partes se enseñaba lo contrario. Ese es un resultado característico que podemos proclamar sin vanidad, pues jamás nos hemos atribuido el mérito de ello.

Los mismos escrúpulos han regido la redacción de nuestras demás obras, de modo que con absoluta verdad pudimos incluir en sus títulos la expresión según el espiritismo, porque estábamos seguros de su conformidad con la enseñanza general de los Espíritus. Lo mismo ocurre con esta, que por motivos semejantes podemos presentar como complemento de las precedentes, con excepción, sin embargo, de algunas teorías aún hipotéticas, que hemos tenido cuidado de indicar como tales, y que deben ser consideradas simples opiniones personales, hasta tanto sean confirmadas o rechazadas, a fin de que no pese sobre la doctrina espírita la responsabilidad de ninguna de ellas.

Asimismo, los lectores asiduos de la Revista Espírita ya deben de haber notado, bajo la forma de esbozos, la mayoría de las ideas desarrolladas en esta obra, conforme lo hemos hecho con las anteriores. A menudo la Revista representa para nosotros un terreno de ensayo, destinado a sondear la opinión de los hombres y de los Espíritus sobre algunos principios, antes de admitirlos como partes constitutivas de la doctrina.
Allan Kardec

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Carácter de la Revelación Espiritista POR Allan Kardec Traducción del original en francés por Jordi Canals


CAPÍTULO I

Caracteres de la revelación espírita

1. ¿Se puede considerar el espiritismo como una revelación? En ese caso, ¿cuál es su carácter? ¿En qué se funda su autenticidad? ¿A quién y de qué manera ha sido transmitida? La doctrina espírita, ¿es una revelación en el sentido teológico de la palabra, es decir, el resultado de una enseñanza oculta proveniente de lo Alto? ¿Es definitiva o susceptible de modificaciones?

Dado que trae a los hombres la verdad integral, ¿la revelación no tendría por efecto impedirles hacer uso de sus facultades, ya que les ahorraría el trabajo de la investigación? ¿Cuál es la autoridad de la enseñanza de los Espíritus, si no son infalibles ni superiores a la humanidad? ¿Cuál es la utilidad de la moral que predica, si esa moral no es otra que la de Cristo, ya conocida? ¿Cuáles son las verdades nuevas que ellos nos aportan? ¿Precisa el hombre una revelación? ¿No podría encontrar en sí mismo y en su conciencia todo lo que necesita para conducirse en la vida? Esas son las cuestiones que debemos considerar.

2. Definamos primero el sentido de la palabra revelaciónRevelar viene del latín revelare, cuya raíz “velum”, velo, significa literalmente salir de debajo del velo y, en sentido figurado, descubrir, dar a conocer una cosa secreta o desconocida. En su acepción vulgar más genérica, se dice de toda cosa ignorada que se divulga, de toda idea nueva que nos pone al corriente de lo que no sabíamos.

Desde este punto de vista, todas las ciencias que nos hacen conocer los misterios de la naturaleza son revelaciones, y se puede decir que existe para la humanidad una revelación incesante. La astronomía reveló el mundo astral, al que no conocíamos; la geología reveló la formación de la Tierra; la química, la ley de las afinidades; la fisiología, las funciones del organismo, etc. Copérnico, Galileo, Newton, Laplace, Lavoisier fueron reveladores.

3. El carácter esencial de toda revelación debe ser la verdad. Revelar un secreto es dar a conocer un hecho; si es falso, ya no es un hecho y, por consiguiente, no existe revelación. Toda revelación desmentida por los hechos deja de serlo, en caso de que sea atribuida a Dios. Y puesto que Dios no miente ni engaña, no puede provenir de Él, de modo que debe ser considerada producto de una concepción humana.

4. ¿Cuál es el rol del profesor en relación con sus discípulos, sino el de un revelador? El profesor les enseña aquello que no saben, aquello que no tendrían tiempo ni posibilidades de descubrir por sí mismos, porque la ciencia es una obra colectiva de los siglos y de una infinidad de hombres que han aportado, cada uno, su cuota de observaciones, aprovechadas por los que vienen después de ellos. La enseñanza es, por lo tanto, la revelación de ciertas verdades, científicas o morales, físicas o metafísicas, realizadas por hombres que las conocen a otros que las ignoran y que, si así no hubiera sido, las habrían ignorando siempre.

5. Pero el profesor sólo enseña lo que ha aprendido: es un revelador de segundo orden. En cambio, el hombre de genio enseña lo que ha descubierto por sí mismo: es el revelador primitivo; aporta la luz que poco a poco se difunde. ¡Qué sería de la humanidad sin la revelación transmitida por los hombres de genio que aparecen de tiempo en tiempo!

Pero ¿quiénes son esos hombres de genio? ¿Por qué son hombres de genio? ¿De dónde provienen? ¿Hacia dónde van? Notemos que la mayoría de ellos trae al nacer facultades trascendentes y ciertos conocimientos innatos, que desarrollan con poco trabajo. Realmente pertenecen a la humanidad, pues nacen, viven y mueren como nosotros. Entonces, ¿dónde han adquirido esos conocimientos que no han podido aprender durante la vida? ¿Se dirá, como hacen los materialistas, que el acaso los ha dotado de materia cerebral en mayor cantidad y de mejor calidad? En ese caso, no tendrían más mérito que una legumbre más grande y sabrosa que otra.

¿Diremos, como ciertos espiritualistas, que Dios los ha dotado de un alma más favorecida que la del común de los hombres? Esa es una suposición igualmente carente de lógica, pues calificaría a Dios de parcial. La única solución racional de este problema reside en la preexistencia del alma y en la pluralidad de las existencias. El hombre de genio es un Espíritu que, como ha vivido más tiempo, conquistó y progresó más que aquellos que están menos adelantados. Al encarnar, trae consigo lo que sabe, y como sabe mucho más que los otros y no precisa aprender, se lo denomina hombre de genio. Con todo, su saber es fruto de un trabajo anterior, y no el resultado de un privilegio. Antes de renacer, ya era un Espíritu adelantado; reencarna para hacer que otros aprovechen su saber, o para adquirir más del que posee.

Los hombres progresan, indiscutiblemente, por sí mismos y por los esfuerzos de su inteligencia. No obstante, librados a sus propias fuerzas progresarían muy lentamente, en caso de que no recibieran la ayuda de otros hombres más adelantados, como el estudiante es auxiliado por los profesores. Todos los pueblos han tenido hombres de genio, que aparecieron en diversas épocas para darles impulso y sacarlos de la inercia.

6. Si se admite la solicitud de Dios para con sus criaturas, ¿por qué no se habrá de admitir que Espíritus capaces –tanto por su energía como por la superioridad de sus conocimientos– de hacer que la humanidad avance, encarnen por voluntad de Dios a fin de contribuir al progreso en un sentido determinado? ¿Por qué no admitir que reciban misiones, como un embajador las recibe de su soberano? Tal es el rol de los grandes genios. ¿Qué vienen a hacer, si no es a enseñar a los hombres verdades que estos ignoran, y que aún ignorarían durante largos períodos, a fin de darles un punto de apoyo mediante el cual puedan elevarse más rápidamente? Esos genios, que aparecen a través de los siglos como estrellas fulgurantes, dejando una larga estela de luz sobre la humanidad, son misioneros o, si se quiere, mesías. Las cosas nuevas que enseñan a los hombres, ya sea en el orden físico o en el filosófico, son revelaciones.

Si Dios promueve reveladores para las verdades científicas, también puede, con mayor razón, promoverlos para las verdades morales, que constituyen uno de los elementos esenciales del progreso. Esos son los filósofos cuyas ideas perduran a través de los siglos.

7. En el sentido especial de la fe religiosa, la revelación se refiere más particularmente a las cosas espirituales que el hombre no puede descubrir por sí mismo ni con el auxilio de sus sentidos, y cuyo conocimiento le es dado por Dios o por sus mensajeros, ya sea por medio de la palabra directa o de la inspiración. En este caso, siempre se la hace a hombres privilegiados, designados con el nombre de profetas o mesías, es decir, enviados o misionerosque reciben la misión de transmitirla a los hombres. Considerada desde ese punto de vista, la revelación implica la pasividad absoluta, y es aceptada sin control, sin examen ni discusión.

8. Todas las religiones han tenido sus reveladores, y aunque estos estuviesen lejos de conocer toda la verdad, tenían una razón de ser providencial, porque eran apropiados al tiempo y al medio en que vivían, al carácter particular de los pueblos a los que se dirigían, y en relación con los cuales eran relativamente superiores. A pesar de los errores de sus  doctrinas, no dejaron de agitar los espíritus y, por eso mismo, de sembrar los gérmenes del progreso que más tarde habrían de desarrollarse, o que se desarrollarán en el futuro a la luz del cristianismo. Es, por consiguiente, inadecuado anatematizarlos en nombre de la ortodoxia, ya que vendrá el día en que todas esas creencias, tan diversas en la forma pero basadas en un mismo principio fundamental –Dios y la inmortalidad del alma–, se fundirán en una grande y amplia unidad, cuando la razón triunfe sobre los prejuicios.

Lamentablemente, las religiones han sido en todos los tiempos instrumentos de dominación; el rol de profeta siempre tentó a las ambiciones secundarias, y se ha visto surgir una multitud de presuntos reveladores o mesías, que valiéndose del prestigio de esta denominación explotaron la credulidad en provecho de su orgullo, de su codicia o de su indolencia, pues hallaron más cómodo vivir a expensas de los engañados. La religión cristiana no ha podido evitar esos parásitos. Al respecto, llamamos particularmente la atención hacia el capítulo XXI de El Evangelio según el espiritismo: “Habrá falsos Cristos y falsos profetas”.

9. ¿Habrá revelaciones directas de Dios a los hombres? Esta es una cuestión que no osaríamos resolver en forma afirmativa ni en forma negativa de manera absoluta. El hecho no es radicalmente imposible, pero nada nos da de él una prueba cierta. Lo que parece cierto es que los Espíritus que por su perfección se hallan más cerca de Dios se impregnan de su pensamiento y pueden transmitirlo. En cuanto a los reveladores encarnados, según el orden jerárquico al que pertenecen, así como al grado de saber personal al que llegaron, pueden extraer de sus propios conocimientos las instrucciones que imparten, o recibirlas de Espíritus más elevados, incluso de los mensajeros directos de Dios, los cuales al hablar en nombre de este, han sido en ocasiones tomados por el propio Dios.

Las comunicaciones de este género nada tienen de extrañas para quien conoce los fenómenos espíritas y la manera mediante la cual se establecen las relaciones entre los encarnados y los desencarnados. Las instrucciones pueden ser transmitidas por diversos medios: por la inspiración pura y simple, por la audición de la palabra, por la visión de los Espíritus instructores, en visiones y en apariciones, ya sea durante el sueño o en estado de vigilia, como se ve tantas veces en la Biblia, en el Evangelio y en los libros sagrados de todos los pueblos. Es, pues, rigurosamente exacto decir que la mayoría de los reveladores son médiums inspirados, auditivos o videntes, lo que no significa que todos los médiums sean reveladores, y menos aún intermediarios directos de la Divinidad o de sus mensajeros.

10. Sólo los Espíritus puros reciben la palabra de Dios con la misión de transmitirla. No obstante, hoy se sabe que no todos los Espíritus son perfectos, y que existen algunos que se presentan bajo falsas apariencias, lo que llevó a san Juan a decir: “No creáis en cualquier Espíritu; ved antes si los Espíritus son de Dios”. (Primera Epístola, 4:1.)

Puede haber, pues,  revelaciones serias y verdaderas, como hay revelaciones apócrifas y mentirosas. El carácter esencial de la revelación divina es el de la eterna verdad. Toda revelación contaminada de errores o sujeta a modificaciones no puede emanar de Dios. Es por eso que la ley del Decálogo tiene todos los caracteres de su origen, mientras que las otras leyes mosaícas, esencialmente transitorias, muchas veces en contradicción con la ley del Sinaí, son obra personal y política del legislador hebreo. Con el ablandamiento de las costumbres del pueblo, esas leyes cayeron en desuso por sí mismas, mientras que el Decálogo permaneció siempre en pie como faro de la humanidad. Cristo hizo de él la base de su edificio, y abolió las otras leyes. Si estas fuesen obra de Dios, las habría conservado intactas. Cristo y Moisés son los dos grandes reveladores que cambiaron la faz del mundo, y en eso está la prueba de su misión divina. Una obra puramente humana no habría tenido ese poder.

11. Una importante revelación se produce en la época actual: la que nos muestra la posibilidad de que nos comuniquemos con los seres del mundo espiritual. No cabe duda de que ese conocimiento no es nuevo; pero hasta ahora, en cierto modo, había permanecido como letra muerta, es decir, sin provecho para la humanidad. La ignorancia de las leyes que rigen esas relaciones lo había ahogado bajo la superstición; el hombre era incapaz de extraer de allí alguna deducción saludable. Estaba reservado a nuestra época desembarazarlo de los accesorios ridículos, comprender su alcance y hacer surgir la luz destinada a iluminar el camino del porvenir.

12. El espiritismo, al darnos a conocer el mundo invisible que nos rodea y en medio del cual vivimos sin que lo sospecháramos, así como las leyes que lo rigen, sus relaciones con el mundo visible, la naturaleza y el estado de los seres que habitan en él y, por consiguiente, el destino del hombre después de la muerte, constituye una verdadera revelación en el sentido científico de la palabra.

13. Por su naturaleza, la revelación espírita tiene un doble carácter: participa al mismo tiempo de la revelación divina y de la revelación científica. Participa de la primera, porque su aparición es providencial, y no el resultado de la iniciativa o de un deseo premeditado del hombre; y porque los puntos fundamentales de la doctrina provienen de la enseñanza que han impartido los Espíritus encargados por Dios de ilustrar a los hombres sobre cosas que ellos ignoraban, que no podían aprender por sí mismos, y que les importa conocer, ya que hoy son aptos para comprenderlas. Participa de la
segunda, porque esa enseñanza no es privilegio de ningún individuo, sino que es impartida a todos del mismo modo; porque los que la transmiten y los que la reciben no son seres pasivos, dispensados del trabajo de la observación y la investigación; porque no han renunciado al razonamiento y al libre albedrío; porque no se les ha prohibido el examen, sino que, por el contrario, se les ha recomendado; en fin, porque la doctrina no fue dictada completa, ni impuesta a una creencia ciega; porque es deducida, mediante el trabajo del hombre, de la observación de los hechos que los Espíritus colocan delante de sus ojos, así como de las instrucciones que le dan, instrucciones que él estudia, comenta, compara, a fin de que él mismo extraiga las consecuencias y aplicaciones. En suma: lo que caracteriza a la revelación espírita es el hecho de que su origen es divino, la iniciativa es de los Espíritus, y su elaboración es fruto del trabajo del hombre.

14. Como medio de elaboración, el espiritismo procede exactamente de la misma manera que las ciencias positivas, es decir, aplica el método experimental. Cuando se presentan hechos nuevos que no se pueden explicar a través de las leyes conocidas, él los observa, los compara y analiza, y remontándose de los efectos a las causas, llega a la ley que los rige; después deduce sus consecuencias y busca las aplicaciones útiles. No establece ninguna teoría preconcebida; por eso no presentó como hipótesis la existencia y la intervención de los Espíritus, como tampoco del periespíritu, la reencarnación ni ningún otro principio de la doctrina. Concluyó por la existencia de los Espíritus cuando esa existencia resultó evidente a partir de la observación de los hechos, y ha procedido de igual manera en cuanto a los otros principios. No han sido los hechos los que vinieron con posterioridad a confirmar a la teoría, sino que la teoría vino a continuación para explicar y resumir los hechos. Es, pues, rigurosamente exacto que se diga que el espiritismo es una ciencia de observación y no un producto de la imaginación. Las ciencias sólo hicieron progresos importantes después de que sus estudios se basaron en el método experimental; hasta entonces se creía que ese método sólo era aplicable a la materia, mientras que también se aplica a las cosas metafísicas.

15. Citemos un ejemplo. En el mundo de los Espíritus ocurre un hecho muy singular, que seguramente nadie había sospechado: el que haya Espíritus que no se consideran muertos. ¡Pues bien! Los Espíritus superiores, que conocen perfectamente ese hecho, no vinieron a decirnos previamente: “Hay Espíritus que suponen que viven todavía la vida terrenal, que han conservado sus gustos, sus costumbres y sus instintos”. En lugar de eso, han provocado la manifestación de Espíritus de esa categoría para que los observáramos. Así pues, luego de haber visto Espíritus inseguros en cuanto a su estado, o que afirman que todavía pertenecen a este mundo, o que se consideran dedicados a sus ocupaciones habituales, del ejemplo se dedujo la regla. La multiplicidad de sucesos análogos ha probado que el hecho no era excepcional, sino una de las fases de la vida espírita. Entonces ha sido posible estudiar todas las variedades y las causas de tan singular ilusión, y reconocer que esa situación es sobre todo inherente a Espíritus poco adelantados moralmente, y característica de determinados tipos de muerte; que sólo es transitoria, pero puede durar días, meses y años. Así, la teoría nació de la observación. Ocurrió lo mismo en relación con los demás principios de la doctrina espírita.

16. Así como la ciencia propiamente dicha tiene por objeto el estudio de las leyes del principio material, el objeto especial del espiritismo es el conocimiento de las leyes del principio espiritual. Ahora bien, como este último principio es una de las fuerzas de la naturaleza, que reacciona sin cesar sobre el principio material y a la recíproca, se deduce de ahí que el conocimiento de uno no puede estar completo sin el conocimiento del otro. El espiritismo y la ciencia se complementan recíprocamente; la ciencia sin el espiritismo se encuentra en la imposibilidad de explicar ciertos fenómenos sólo por las leyes de la materia; al espiritismo, sin la ciencia, le faltaría el apoyo y el examen. El estudio de las leyes de la materia debería preceder al de la espiritualidad, porque la materia es la que primero impresiona los sentidos. Si el espiritismo hubiese llegado antes que los descubrimientos científicos, se habría malogrado, como todo lo que aparece antes de tiempo.

17. Todas las ciencias se concatenan y se suceden en un orden racional; nacen las unas de las otras, a medida que encuentran un punto de apoyo en las ideas y los conocimientos anteriores. La astronomía, una de las primeras cultivadas, conservó los errores de su infancia hasta el momento en que la física reveló la ley de las fuerzas de los agentes naturales; la química, impotente sin la física, tuvo que acompañarla de cerca, para después marchar ambas en concordancia, amparándose una a la otra. La anatomía, la fisiología, la zoología, la botánica, la mineralogía sólo llegaron a convertirse en ciencias serias con el auxilio de las luces que les aportaron la física y la química. A la geología, nacida ayer, sin la astronomía, la física, la química y todas las otras ciencias, le habrían faltado elementos vitales; ella sólo podía llegar después de aquellas.

18. La ciencia moderna abandonó los cuatro elementos primitivos de los antiguos y, de observación en observación, llegó a la concepción de un solo elemento generador de todas las transformaciones de la materia; pero la materia, de por sí, es inerte; no tiene vida, pensamiento ni sentimiento; le es necesaria su unión con el principio espiritual. El espiritismo no ha descubierto ni inventado este principio, pero fue el primero en demostrar su existencia por medio de pruebas irrecusables. Lo ha estudiado, analizado, y puso en evidencia su acción. Al elemento material le adicionó el elemento espiritual. Elemento material y elemento espiritual son, pues, los dos principios, las dos fuerzas vivas de la naturaleza. Mediante la unión indisoluble de ambos se explica fácilmente una infinidad de hechos hasta entonces inexplicables 1.
1 La palabra elemento no se emplea aquí en el sentido de cuerpo simple, elemental, de moléculas primitivas, sino en el de parte constitutiva de un todo. En este sentido, se puede decir que el elemento espiritual tiene parte activa en la economía del universo, como se dice que el elemento civil y el elemento militar figuran en el cálculo de una población; que el elemento religioso entra en la educación; o que en Argelia existen el elemento árabe y el elemento europeo. (N. de Allan Kardec.)
Puesto que tiene como objeto el estudio de uno de los dos elementos que constituyen el universo, el espiritismo se relaciona forzosamente con la mayor parte de las ciencias; por consiguiente, sólo podía llegar después de que estas hubieran sido elaboradas. Nació por la fuerza de las circunstancias, por la imposibilidad de que el hombre explicara todas las cosas con la sola ayuda de las leyes de la materia.

19. Acusan al espiritismo de parentesco con la magia y la hechicería, pero se omite que la astronomía tiene por hermana mayor a la astrología judiciaria, no tan lejana de nosotros; que la química es hija de la alquimia, de la que ningún hombre sensato osaría ocuparse hoy. Nadie niega, sin embargo, que en la astrología y en la alquimia estaba el germen de las verdades de las que salieron las ciencias actuales. A pesar de sus fórmulas ridículas, la alquimia orientó el descubrimiento de los cuerpos simples y de la ley de afinidades. La astrología se apoyaba en la posición y en el movimiento de los astros, a los cuales había estudiado; pero como ignoraba las verdaderas leyes que rigen el mecanismo del universo, los astros eran para el vulgo seres misteriosos a los cuales la superstición atribuía una influencia moral y un sentido revelador. Cuando Galileo, Newton y Kepler dieron a conocer esas leyes, cuando el telescopio rasgó el velo y sumergió en las profundidades del espacio una mirada que algunos consideraron indiscreta, los planetas aparecieron como simples mundos semejantes al nuestro, y el andamiaje de lo maravilloso se desmoronó. Lo mismo sucede con el espiritismo en lo relativo a la magia y la hechicería, que se basaban también en la manifestación de los Espíritus, como la astrología en el movimiento de los astros; no obstante, como aquellas ignoraban las leyes que rigen el mundo espiritual, mezclaban con esas relaciones creencias y prácticas ridículas, con las cuales el espiritismo moderno, fruto de la experiencia y de la observación, nada tiene que ver. Por cierto, la distancia que separa al espiritismo de la magia y la hechicería es mayor que la que existe entre la astronomía y la astrología, o entre la química y la alquimia. Pretender confundirlos es demostrar que nada se sabe al respecto.

20. El simple hecho de que el hombre pueda comunicarse con los seres del mundo espiritual trae consecuencias incalculables de la mayor gravedad: es un mundo nuevo el que se nos revela, y que tiene tanta más importancia cuanto que a él habrán de regresar todos los hombres, sin excepción. El conocimiento de ese hecho no puede dejar de acarrear, al generalizarse, una profunda modificación en las costumbres, el carácter, los hábitos y las creencias, que tan grande influencia ejercen sobre las relaciones sociales. Es una revolución total la que se opera en las ideas, revolución tanto mayor y más poderosa cuanto que no está circunscripta a un pueblo ni a una casta, visto que alcanza simultáneamente, por el corazón, a todas las clases, a todas las nacionalidades y a todos los cultos. Razón existe, pues, para que el espiritismo sea considerado la tercera de las grandes revelaciones. Veamos en qué difieren esas revelaciones, y cuál es el vínculo que las relaciona entre sí.

21. Moisés, como profeta, reveló a los hombres la existencia de un Dios único, soberano Señor y creador de todas las cosas. Promulgó la ley del Sinaí y echó las bases de la verdadera fe. Como hombre, fue el legislador del pueblo a través del cual esa primitiva fe, depurada, habría de expandirse por toda la Tierra.

22. Cristo, que tomó de la antigua ley lo que es eterno y divino, y desechó lo que era transitorio, meramente disciplinario y de concepción humana, agregó la revelación de la vida futura, de la que Moisés no había hablado, como también la de las penas y las recompensas que aguardan al hombre después de la muerte. (Véase la Revista Espírita de marzo y septiembre de 1861.)

23. La parte más importante de la revelación de Cristo, en el sentido de primera fuente, de piedra angular de toda su doctrina, es el punto de vista absolutamente nuevo desde el cual considera a la Divinidad. Esta ya no es el Dios terrible, celoso, vengativo de Moisés; el Dios cruel e implacable que riega la tierra con sangre humana, que ordena la masacre y el exterminio de pueblos, sin exceptuar a las mujeres, a los niños y a los ancianos, y que castiga a quienes tratan con indulgencia a las víctimas; ya no es el Dios injusto que escarmienta a todo un pueblo por la falta de su líder, que se venga del culpable en la persona del inocente, que daña a los hijos por las faltas de los padres; sino un Dios clemente, soberanamente justo y bueno, pleno de mansedumbre y misericordia, que perdona al pecador arrepentido y da a cada uno según sus obras. Ya no es el Dios de un único pueblo privilegiado, el Dios de los ejércitos que dirige los combates para sustentar su propia causa contra el Dios de los otros pueblos, sino el Padre común del género humano, que extiende su protección a todos sus hijos y los convoca a todos hacia él; ya no es el Dios que recompensa y castiga sólo con los bienes de la Tierra, que hace consistir la gloria y la felicidad en la esclavitud de los pueblos rivales y en la multiplicidad de la progenie, sino un Dios que dice a los hombres: “Vuestra verdadera patria no está en este mundo, sino en el reino celestial, allí donde los humildes de corazón serán elevados y los orgullosos serán humillados”. Ya no es el Dios que hace de la venganza una virtud y ordena que se retribuya ojo por ojo, diente por diente; sino el Dios de misericordia que dice: “Perdonad las ofensas si queréis ser perdonados; haced el bien a cambio del mal; no hagáis a los demás lo que no queréis que os hagan”. Ya no es más el Dios mezquino y meticuloso que impone, bajo las más rigurosas penas, el modo como quiere ser adorado, que se ofende por la falta de observancia de una fórmula; sino el Dios grande que ve el pensamiento y al que no se honra con la forma. En fin, ya no es el Dios que quiere ser temido, sino el Dios que quiere ser amado.

24. Por ser Dios el eje de todas las creencias religiosas, y el objetivo de todos los cultos, el carácter de todas las religiones está conforme con la idea que estas tienen de Él. Las religiones que hacen de Dios un ser vengativo y cruel creen honrarlo con actos de crueldad, con hogueras y torturas; las que tienen un Dios parcial y celoso son intolerantes y, en mayor o menor medida, meticulosas en la forma, pues lo consideran más o menos contaminado con las debilidades y la frivolidad humanas.

25. Toda la doctrina de Cristo está fundada en el carácter que Él atribuye a la Divinidad. Con un Dios imparcial, soberanamente justo, bueno y  misericordioso, Él hizo del amor de Dios y de la caridad para con el prójimo la condición expresa de la salvación, y dijo: Amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a vosotros mismos; en esto consiste toda la ley y los profetas; no existe otra ley. Sobre esta única creencia asentó el principio de la igualdad de los hombres ante Dios, así como el de la fraternidad universal. En cambio, ¿era posible amar al Dios de Moisés? No, sólo se podía temerlo. La revelación de los verdaderos atributos de la Divinidad, juntamente con la de la inmortalidad del alma y de la vida futura, modificaba profundamente las relaciones mutuas entre los hombres, les imponía nuevas obligaciones, los hacía encarar la vida presente desde otro aspecto, y por eso mismo habría de reaccionar contra las costumbres y las relaciones sociales. Ese es, indiscutiblemente, por sus consecuencias, el punto principal de la revelación de Cristo, cuya importancia no fue suficientemente comprendida.  Además, es lamentable decir que también es el punto del que la humanidad más se ha apartado, el que más ha ignorado en la  interpretación de sus enseñanzas.

26. No obstante, Cristo agrega: “Muchas de las cosas que os digo, todavía no las podéis comprender, y muchas otras tendría que deciros, que no comprenderíais; por eso os hablo por parábolas; con todo, más adelante habré de enviaros el Consolador; el Espíritu de Verdad, que restablecerá todas las cosas y os las explicará todas”. (San Juan, 14:16; San Mateo, 17.)
Si Cristo no dijo todo lo que hubiera podido decir, es porque consideró conveniente dejar ciertas verdades en la sombra, hasta que los hombres estuviesen en condiciones de comprenderlas. Como Él mismo lo confesó, su enseñanza estaba incompleta, visto que anunció la llegada de aquel que debería completarla. Había previsto, entonces, que sus palabras serían despreciadas o mal interpretadas, y que los hombres se desviarían de su enseñanza; en suma, que destruirían lo que Él había hecho, puesto que todas las cosas habrán de ser restablecidas. Ahora bien, sólo se restablece aquello que ha sido deshecho.

27. ¿Por qué Él denomina Consolador al nuevo Mesías? Ese nombre, significativo y sin ambigüedad, encierra toda una revelación. Así, Cristo preveía que los hombres estarían necesitados de consuelo, lo que implica que sería insuficiente el que hallarían en la creencia que habrían de fundar. Tal vez nunca Cristo fue tan claro, tan explícito como en estas últimas palabras, a las cuales pocas personas prestaron la debida atención, probablemente porque evitaron interpretarlas y profundizar su sentido profético.

28. Si Cristo no pudo desarrollar su enseñanza de manera completa, se debió a que a los hombres les faltaban conocimientos que sólo podrían adquirir con el tiempo, y sin los cuales no la comprenderían; muchas cosas habrían parecido absurdas en el estado de los conocimientos de entonces. “Completar su enseñanza” debe entenderse en el sentido de explicarla y desarrollarla, y no en el de agregarle verdades nuevas, pues todo en ella se encontraba en estado de germen; sólo le faltaba la clave para captar el sentido de sus palabras.

29. Pero ¿quién se arroga el derecho de interpretar las Escrituras sagradas? ¿Quién tiene ese derecho? ¿Quiénes poseen las luces necesarias, si no son los teólogos? ¿Quién se atreve? En primer lugar, la ciencia, que no pide permiso a nadie para dar a conocer las leyes de la naturaleza, y salta por sobre los errores y los prejuicios. ¿Quién tiene ese derecho? En este siglo de emancipación intelectual y de libertad de conciencia, el derecho de examen pertenece a todos, y las Escrituras ya no son el arca santa en la cual nadie se atrevía a introducir la punta de un dedo sin que corriera el riesgo de ser fulminado. En cuanto a las luces especiales, necesarias, sin objetar las de los teólogos, por más iluminados que fuesen los de la Edad Media y, en particular, los Padres de la Iglesia, ellos no lo eran lo suficiente para no haber condenado como herejía el movimiento de la Tierra y la creencia en las antípodas. Incluso sin ir tan lejos, los teólogos de nuestros días, ¿no han arrojado un anatema sobre la teoría de los períodos de formación de la Tierra?  Los hombres sólo pudieron explicar las Escrituras con el auxilio de lo que sabían, de las nociones falsas o incompletas que tenían acerca de las leyes de la naturaleza, más tarde reveladas por la ciencia. Por esa razón los propios teólogos, de muy buena fe, se equivocaron acerca del sentido de ciertas palabras y hechos del Evangelio. Al querer a toda costa hallar en él la confirmación de una idea preconcebida, giraban siempre en el mismo círculo, sin abandonar su punto de vista, de modo que sólo veían lo que querían ver. Por más sabios que fuesen, no podían comprender las causas dependientes de leyes que ignoraban. Pero ¿quién habrá de juzgar las diferentes interpretaciones, muchas veces contradictorias, por fuera del campo de la teología? El futuro, la lógica y el buen sentido.

Los hombres, cada vez más esclarecidos, a medida que nuevos hechos y nuevas leyes se vayan  revelando, sabrán apartar de la realidad los sistemas utópicos. Ahora bien, la ciencia da a conocer algunas leyes; el espiritismo revela otras; todas son indispensables para la comprensión de los textos sagrados de todas las religiones, desde Confucio y Buda hasta el cristianismo. En cuanto a la teología, esta no podrá, juiciosamente, alegar contradicciones de la ciencia, dado que no siempre es coherente consigo misma.


30. El espiritismo, que parte de las propias palabras de Cristo, como este partió de las de Moisés, es una consecuencia directa de la doctrina cristiana.

A la idea vaga de la vida futura agrega la revelación de la existencia del mundo invisible que nos rodea y puebla el espacio, y con eso determina en forma precisa la creencia; le da un cuerpo, una consistencia, una realidad en el pensamiento. 

Define los lazos que unen el alma al cuerpo, y levanta el velo que ocultaba a los hombres los misterios del nacimiento y de la muerte.

Mediante el espiritismo el hombre sabe de dónde viene, hacia dónde va, por qué está en la Tierra, por qué sufre transitoriamente, y ve por todas partes la justicia de Dios. Sabe que el alma progresa sin cesar, a través de una serie de existencias sucesivas, hasta que haya alcanzado el grado de perfección que la aproxima a Dios. Sabe que todas las almas, como tienen un mismo punto de origen, son creadas iguales, con la misma aptitud para progresar, en virtud de su libre albedrío; que todas son de la misma esencia, y que no existe diferencia entre ellas, salvo en cuanto al progreso realizado; que todas tienen el mismo destino y alcanzarán la misma meta, más o menos rápidamente, conforme a su trabajo y buena voluntad. 

Sabe que no existen criaturas desheredadas, ni más favorecidas unas que otras; que Dios no privilegió la creación de ninguna de ellas, ni a nadie dispensó del trabajo impuesto a las otras para que progresen; que no hay seres perpetuamente consagrados al mal y al sufrimiento; que aquellos a los que se designa con el nombre de demonios son Espíritus imperfectos y que todavía están atrasados, que practican el mal en el estado de Espíritus como lo practicaban cuando eran hombres, pero que adelantarán y se perfeccionarán; que los ángeles o Espíritus puros no son seres aparte en la Creación, sino Espíritus que llegaron a la meta, después de haber recorrido palmo a palmo el camino del progreso; que de tal modo no hay creaciones múltiples ni diferentes categorías entre los seres inteligentes, sino que toda creación es el resultado de la gran ley de unidad que rige el universo; sabe, por último, que todos los seres gravitan hacia un fin común, que es la  perfección, sin que unos sean favorecidos a expensas de otros, pues todos son hijos de sus propias obras.

31. Por las relaciones que ahora puede establecer con aquellos que dejaron la Tierra, el hombre posee no sólo la prueba material de la existencia y de la individualidad del alma, sino que también comprende la solidaridad que vincula a los vivos con los muertos de este mundo, y a los de este mundo con los de otros planetas. Conoce la situación de ellos en el mundo de los Espíritus; los acompaña en sus migraciones; es testigo de sus alegrías y sus penas; sabe por qué son felices o desdichados, y conoce la suerte que a él mismo le está reservada, según el bien o el mal que haya hecho. Esas relaciones lo inician en la vida futura, a la que puede observar en todas sus fases, en todas sus peripecias; el porvenir ya no es una vaga esperanza, sino un hecho positivo, una certeza matemática. A partir de entonces, la muerte ya no tiene nada de aterrador para él, porque significa la liberación, la puerta de la verdadera vida.

32. A través del estudio de la situación de los Espíritus, el hombre sabe que la felicidad y la desdicha en la vida espiritual son inherentes al grado de perfección o de imperfección; que cada uno sufre las consecuencias directas y naturales de sus faltas o, dicho de otra manera, que es castigado según haya pecado; que esas consecuencias duran tanto como la causa que las produjo; que, por consiguiente, el culpable sufriría eternamente si persistiera siempre en el mal, pero que el sufrimiento cesa con el arrepentimiento y la reparación. Ahora bien, como el perfeccionamiento depende de cada uno, todos pueden, en virtud de su libre albedrío, prolongar o abreviar sus padecimientos, del mismo modo que el enfermo sufre por sus excesos hasta tanto no les pone término.

33. Así como la razón rechaza, por considerarla incompatible con la bondad de Dios, la idea de las penas irremisibles, perpetuas y absolutas, a menudo infligidas por una única falta, al igual que la idea de los suplicios del Infierno, que ni siquiera pueden ser atenuados por el arrepentimiento más ardiente y más sincero, la misma razón se inclina delante de esa justicia distributiva e
imparcial que toma todo en cuenta, que nunca cierra la puerta al arrepentimiento y tiende constantemente la mano al náufrago, en vez de empujarlo hacia el abismo.

34. La pluralidad de las existencias, cuyo principio Cristo estableció en el Evangelio, aunque no lo definió más que como lo hizo con muchos otros, es una de las leyes más importantes reveladas por el espiritismo, dado que este demuestra su realidad y su necesidad para el progreso. Con esta ley, el hombre explica todas las aparentes anomalías de la vida humana; las diferencias de posición social; las muertes prematuras que, sin la  reencarnación, tornarían inútiles para el alma las vidas de corta duración; la desigualdad de aptitudes intelectuales y morales, que se deben al grado de antigüedad del Espíritu, que ha aprendido y progresado en mayor o menor medida y que trae, al renacer, lo que conquistó en sus existencias anteriores. (Véase el § 5.)

35. Con la doctrina de la creación del alma en el instante del nacimiento, se cae en el sistema de las creaciones privilegiadas. Los hombres son extraños unos a otros, nada los une, los lazos de familia son puramente carnales; no son de ningún modo solidarios con un pasado en el que no existían. Con la doctrina de la nada después de la muerte, todas las relaciones cesan con la vida y, de ese modo, los hombres no son solidarios en el porvenir. Mediante la reencarnación, en cambio, son solidarios en el pasado y en el porvenir. Como sus relaciones se perpetúan tanto en el mundo espiritual como en el corporal, la fraternidad se basa en las leyes mismas de la naturaleza. El bien tiene un objetivo; y el mal, consecuencias inevitables. 

33. Así como la razón rechaza, por considerarla incompatible con la bondad de Dios, la idea de las penas irremisibles, perpetuas y absolutas, a menudo infligidas por una única falta, al igual que la idea de los suplicios del Infierno, que ni siquiera pueden ser atenuados por el arrepentimiento más ardiente y más sincero, la misma razón se inclina delante de esa justicia distributiva e imparcial que toma todo en cuenta, que nunca cierra la puerta al arrepentimiento y tiende constantemente la mano al náufrago, en vez de empujarlo hacia el abismo.

34. La pluralidad de las existencias, cuyo principio Cristo estableció en el Evangelio, aunque no lo definió más que como lo hizo con muchos otros, es una de las leyes más importantes reveladas por el espiritismo, dado que este demuestra su realidad y su necesidad para el progreso. Con esta ley, el hombre explica todas las aparentes anomalías de la vida humana; las diferencias de posición social; las muertes prematuras que, sin la reencarnación, tornarían inútiles para el alma las vidas de corta duración; la desigualdad de aptitudes intelectuales y morales, que se deben al grado de antigüedad del Espíritu, que ha aprendido y progresado en mayor o menor medida y que trae, al renacer, lo que conquistó en sus existencias anteriores. (Véase el § 5.)

35. Con la doctrina de la creación del alma en el instante del nacimiento, se cae en el sistema de las creaciones privilegiadas. Los hombres son extraños unos a otros, nada los une, los lazos de familia son puramente carnales; no son de ningún modo solidarios con un pasado en el que no existían. Con la doctrina de la nada después de la muerte, todas las relaciones cesan con la vida y, de ese modo, los hombres no son solidarios en el porvenir. Mediante la reencarnación, en cambio, son solidarios en el pasado y en el porvenir. Como sus relaciones se perpetúan tanto en el mundo espiritual como en el corporal, la fraternidad se basa en las leyes mismas de la naturaleza. El bien tiene un objetivo; y el mal, consecuencias inevitables.

36. Con la reencarnación desaparecen los prejuicios de razas y de castas, pues el mismo Espíritu puede volver a nacer rico o pobre, gran señor o proletario, jefe o subordinado, libre o esclavo, hombre o mujer. De todos los argumentos invocados contra la injusticia de la servidumbre y la esclavitud, contra la sujeción de la mujer a la ley del más fuerte, ninguno hay que aventaje en lógica al hecho material de la reencarnación. De ese modo, así como la reencarnación fundamenta en una ley de la naturaleza el principio de la fraternidad universal, también fundamenta en la misma ley el de la igualdad de los derechos sociales y, por consiguiente, el de la libertad.

37. Quitad al hombre el Espíritu libre e independiente, que sobrevive a la materia, y haréis de él una simple máquina organizada, sin una meta, sin responsabilidad, sin otro freno aparte de la ley civil, y lista para ser explotada como un animal inteligente. Como no espera nada después de la muerte, hace de todo para aumentar los goces del presente; si sufre, sólo tiene la perspectiva de la desesperación y la nada como refugio. Con la certeza del porvenir, con la convicción de encontrar nuevamente a aquellos a quienes amó, y con el temor de volver a ver a quienes ofendió, todas sus ideas cambian. Aunque el espiritismo sólo sirviera para liberar al hombre de la duda acerca de la vida futura, ya habría hecho más por su perfeccionamiento moral que todas las leyes disciplinarias, que a veces le ponen freno pero que no lo transforman.

38. Sin la preexistencia del alma, la doctrina del pecado original no solamente sería inconciliable con la justicia de Dios, sino que haría a todos los hombres responsables de la falta de uno solo; sería un contrasentido, y tanto menos justificable porque, según esa doctrina, el alma no existía en la época a la que se pretende hacer remontar su responsabilidad. En cambio, con la preexistencia, el hombre trae al renacer el germen de sus imperfecciones, de los defectos de los que no se ha corregido y que se traducen en los instintos naturales, en las inclinaciones hacia tal o cual vicio. Ese es su verdadero pecado original, cuyas consecuencias sufre  naturalmente, pero con la diferencia capital de que sufre la pena de sus propias faltas, y no la pena de las faltas cometidas por otros. Además, existe otra diferencia, al mismo tiempo consoladora, animadora y soberanamente equitativa, según la cual cada existencia le ofrece los medios para redimirse mediante la reparación, así como para progresar, ya sea despojándose de alguna imperfección o adquiriendo nuevos conocimientos, hasta que, al hallarse suficientemente purificado, el hombre ya no necesite la vida corporal y pueda vivir exclusivamente la vida espiritual, eterna y bienaventurada. Por la misma razón, aquel que ha progresado moralmente trae, al renacer, cualidades naturales, así como quien ha progresado intelectualmente es portador de ideas innatas. Identificado con el bien, lo practica sin esfuerzo, sin cálculo y, por así decirlo, sin pensar en ello. Aquel que está obligado a combatir sus malas tendencias vive todavía en lucha; el primero ya triunfó, el segundo está a punto de triunfar. Existe, pues, la virtud original, como existe el saber original, y el pecado o, mejor dicho, el vicio original.

39. El espiritismo experimental estudió las propiedades de los fluidos espirituales y su acción sobre la materia. Ha demostrado la existencia del periespíritu, sobre el cual había sospechas desde la Antigüedad, y que san Pablo denominó cuerpo espiritual, es decir, cuerpo fluídico del alma después de la destrucción del cuerpo tangible. Se sabe hoy que esa envoltura es inseparable del alma; que forma uno de los elementos constitutivos del ser humano; que es el vehículo de la transmisión del pensamiento y que, durante la vida del cuerpo, sirve de lazo entre el Espíritu y la materia. El periespíritu representa un rol tan importante en el organismo y en una cantidad de afecciones, que se liga a la fisiología tanto como a la psicología.

40. El estudio de las propiedades del periespíritu, de los fluidos espirituales y de los atributos fisiológicos del alma, abre nuevos horizontes a la ciencia y aporta la clave de una infinidad de fenómenos incomprensibles hasta hoy, pues faltaba el conocimiento de la ley que los rige; fenómenos que el materialismo niega, debido a que se hallan vinculados con la espiritualidad, y que otras creencias califican como milagros o sortilegios. Tales son, entre otros, el fenómeno de la doble vista, la visión a distancia, el sonambulismo natural y artificial, los efectos físicos de la catalepsia y la letargia, la presciencia, los presentimientos, las apariciones, las transfiguraciones, la transmisión del pensamiento, la fascinación, las curas instantáneas, las obsesiones y posesiones, etc. Al demostrar que esos fenómenos reposan en leyes tan naturales como las de los fenómenos eléctricos, y en qué condiciones normales se pueden reproducir, el espiritismo destruye el imperio de lo maravilloso y lo sobrenatural y, por consiguiente, la fuente de la mayor parte de las supersticiones. Así como lleva a la creencia en la posibilidad de ciertas cosas que algunos consideran quiméricas, también impide que se crea en muchas otras, pues comprueba su imposibilidad e irracionalidad.

41. Lejos de negar o destruir el Evangelio, el espiritismo viene, por el contrario, a confirmar, explicar y desarrollar, por medio de las nuevas leyes de la naturaleza, que él revela, todo lo que Cristo dijo e hizo. El espiritismo elucida los puntos oscuros de la enseñanza cristiana, de tal manera que, con su auxilio, aquellos para quienes eran ininteligibles ciertas partes del Evangelio, o parecían inadmisibles, las comprenden y admiten sin dificultad; ven mejor su alcance y pueden distinguir entre la realidad y la alegoría; Cristo les parece más importante: ya no es simplemente un filósofo, sino un Mesías divino.

42. Además, si se considera el poder moralizador del espiritismo, por la finalidad que confiere a todas las acciones de la vida; por las consecuencias del bien y del mal que hace tangibles; por la fuerza moral, el coraje y el consuelo que da en las aflicciones, mediante una inalterable confianza en el porvenir; por la idea de que cada uno tiene cerca de sí a los seres a quienes amó, así como la certeza de volver a verlos y la posibilidad de conversar con ellos; en fin, por la convicción de que todo cuanto hemos hecho, cuánto hemos conquistado en inteligencia, sabiduría y moralidad, hasta la última hora de la vida, no se ha perdido, sino que beneficia al adelanto del Espíritu, se reconoce que el espiritismo realiza todas las promesas de Cristo respecto del Consolador anunciado. Ahora bien, como el Espíritu de Verdad es quien preside el gran movimiento regenerador, la promesa de su advenimiento se encuentra de esa forma cumplida, porque, de hecho, él es el verdadero Consolador 2.
2 Muchos padres de familia deploran la muerte prematura de sus hijos, para cuya educación realizaron grandes sacrificios, y se dicen a sí mismos que nada de eso les aprovechó. Con el espiritismo, sin embargo, no lamentan esos sacrificios, y estarían dispuestos a volver a hacerlos, incluso con la certeza de que verían morir a sus hijos, porque saben que si estos no la aprovechan en la vida presente, esa educación servirá, primero que todo, para su adelanto como Espíritus; además de eso, serán conquistas nuevas para otra existencia y, cuando regresen a este mundo, tendrán un patrimonio intelectual que los hará más aptos para adquirir nuevos conocimientos. Tales son esos niños que al nacer traen ideas innatas, que saben, por así decirlo, sin necesidad de aprender. Si los padres no tienen la satisfacción inmediata de ver que sus hijos aprovechan la educación que les han dado, lo gozarán por cierto más adelante, sea como Espíritus o como hombres. Tal vez sean ellos de nuevo los padres de esos mismos hijos, que se presentan como afortunadamente dotados por la naturaleza, y que deben sus aptitudes a una educación precedente. Así también, si los hijos se desvían hacia el mal por la negligencia de los padres, estos pueden sufrir más tarde los disgustos y pesares que aquellos les suscitarán en una nueva existencia. Véase El Evangelio según el espiritismo, Capítulo V, § 21: “Muertes prematuras”. (N. de Allan Kardec.).
43. Si a estos resultados agregamos la rapidez extraordinaria con que se propaga el espiritismo, a pesar de todo lo que se ha hecho para demolerlo, no se podrá negar que su llegada es providencial, visto que triunfa por encima de todas las fuerzas y de toda la mala voluntad de los hombres. La facilidad con que lo acepta tan grande número de personas, sin obligación alguna, apenas por el poder de la idea, prueba que responde a una necesidad: la de que el hombre crea en algo para llenar el vacío abierto por la incredulidad, y que, por lo tanto, ha venido en el momento preciso.

44. Los afligidos existen en gran número. No es, pues, para sorprenderse que tantas personas elijan una doctrina que consuela, de preferencia a las que llevan a que se pierda la esperanza, porque a los desheredados, más que a los felices del mundo, se dirige el espiritismo. El enfermo ve llegar al médico con mayor satisfacción que quien está bien de salud; ahora bien, los afligidos son los enfermos, y el Consolador es el médico. Vosotros, que combatís al espiritismo, si queréis que lo abandonemos para seguiros, dadnos más y mejor que él; curad con mayor seguridad las heridas del alma. Dad más consuelo, más satisfacciones al corazón, esperanzas más legítimas, mayores certezas; haced del porvenir un panorama más racional, más seductor. Con todo, no supongáis que habréis de derrotarlo con la perspectiva de la nada, con la alternativa de las llamas del Infierno, o con la plácida e inútil contemplación perpetua.

45. La primera revelación estuvo personificada por Moisés, la segunda por Cristo, pero la tercera no está personificada por ningún individuo. Las dos primeras son individuales, la tercera es colectiva; ese es un carácter esencial de suma importancia. Es colectiva en el sentido de que no fue hecha como privilegio para nadie en particular; nadie, por consiguiente, puede atribuirse la condición de ser su profeta en exclusividad. Ha sido esparcida simultáneamente por sobre toda la Tierra, a millones de personas de todas las edades y condiciones, desde la más baja hasta la más alta de la escala, según esta predicción registrada por el autor de los Hechos de los Apóstoles: “En los últimos tiempos, dijo el Señor, derramaré de mi espíritu sobre toda carne; vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes tendrán visiones, y vuestros ancianos soñarán” (Hechos, 2:17 y 18). No provino de ningún culto en especial, a fin de que un día sirva a todos de punto de unión 3.
3 Nuestro rol personal, en el gran movimiento de ideas que se prepara mediante el espiritismo y que comienza a producirse, es el de un observador atento, que estudia los hechos para descubrir su causa y extraer de ellos las consecuencias. Hemos confrontado todos los hechos que nos ha sido posible reunir; comparamos y comentamos las instrucciones dadas por los Espíritus en todos los puntos del globo, y después coordinamos metódicamente el conjunto; en suma, hemos estudiado y dimos al público el fruto de nuestras investigaciones, sin que atribuyéramos a nuestra tarea mayor valor que el de una obra filosófica deducida de la observación y la experiencia, sin que nunca nos hayamos considerado el jefe de la doctrina, ni procuráramos imponer nuestras ideas a nadie. Al publicarlas, hemos hecho uso de un derecho común, y aquellos que las aceptaron lo han hecho libremente. Si esas ideas encontraron numerosas simpatías, se debe a que tuvieron la ventaja de corresponder a las aspiraciones de un importante número de personas, y de eso no nos envanecemos de ningún modo, ya que su origen no nos pertenece. Nuestro mayor mérito es el de la perseverancia y la dedicación a la causa que hemos abrazado. En todo eso, hemos hecho lo que cualquier otro podría haber hecho en nuestro lugar, razón por la cual nunca hemos tenido la pretensión de considerarnos profeta o mesías ni, menos aún, de presentarnos como tal. (N. de Allan Kardec.).
46. Las dos primeras revelaciones, por ser fruto de una enseñanza personal, quedaron forzosamente localizadas, es decir, aparecieron en un solo punto, en torno al cual la idea se propagó poco a poco; pero fueron necesarios muchos siglos para que alcanzasen los extremos del mundo, y aun así no lo invadieron por completo. La tercera revelación tiene una particularidad: no está personificada en un solo individuo, sino que surgió simultáneamente en millares de puntos diferentes, que se convirtieron en centros o focos de irradiación. Al multiplicarse esos centros, sus rayos se reúnen poco a poco, como los círculos formados por una enorme cantidad de piedras lanzadas al agua; de tal manera que, en un plazo determinado, acabarán por cubrir toda la superficie del globo. Esa es una de las causas de la rápida propagación de la doctrina. Si esta hubiese surgido en un solo punto, si fuese obra exclusiva de un hombre, se habrían formado sectas alrededor suyo, y tal vez habría trascurrido medio siglo sin que se hubieran alcanzado los límites del país donde hubiera comenzado, en tanto que después de diez años ya ha plantado jalones de un polo al otro.

47. Esa circunstancia, nunca vista en la historia de las doctrinas, otorga al espiritismo una fuerza excepcional y un poder de acción irresistible. De hecho, aunque lo persigan en un punto, en un determinado país, será materialmente imposible que lo hagan en todas partes y en todos los países. Por cada lugar donde obstaculicen su marcha, habrá otros mil donde florecerá. Más aún, si lo atacan en un individuo, no podrán hacerlo en los Espíritus, que son la fuente de donde proviene. Ahora bien, como los Espíritus están en todas partes y existirán siempre, si por una eventualidad consiguiesen reprimirlo en todo el globo, reaparecería poco tiempo después, porque se basa en un hecho que está en la naturaleza, y las leyes de la naturaleza no se pueden reprimir. De esto deben convencerse aquellos que sueñan con el aniquilamiento de la doctrina espírita. (Véase la Revista Espírita, febrero de 1865: “Perpetuidad del espiritismo”.)

48. Sin embargo, a pesar de la diseminación de esos centros de irradiación, estos podrían aún permanecer aislados por mucho tiempo unos de otros, o confinados en países lejanos, como sucede con algunos de ellos. Faltaba entre esos centros una conexión que los pusiera en comunión de pensamientos con sus hermanos de creencia, para mantenerlos informados de lo que ocurría en otros lugares. Ese lazo de unión, que en la antigüedad podría haber faltado al espiritismo, hoy existe entre las publicaciones que van a todas partes, y que condensan en una forma única, concisa y metódica, la enseñanza que se brinda en todas partes de múltiples maneras, y en diversas lenguas.

49. Las dos primeras revelaciones sólo podían ser el resultado de una enseñanza directa. Como los hombres no estaban todavía suficientemente adelantados a fin de que cooperaran para su  elaboración, debían ser impuestas por la fe mediante la autoridad de la palabra de un maestro. No obstante, se percibe entre las dos una muy sensible diferencia, debida al progreso de las costumbres y las ideas, aunque fueran hechas al mismo pueblo y en el mismo medio, pero con dieciocho siglos de intervalo. La doctrina de Moisés es absoluta, despótica; no admite discusión y se impone al pueblo por la fuerza. La de Jesús es esencialmente consejera; se acepta libremente y sólo se impone por la persuasión; dio motivo a controversias aun en vida de su fundador, que no despreció la discusión con sus adversarios.

50. La tercera revelación llega en una época de emancipación y madurez intelectual, cuando la inteligencia, ya desarrollada, no se conforma con representar un rol meramente pasivo, y cuando el hombre ya no acepta nada a ciegas, sino que quiere ver a dónde lo conducen, quiere saber el porqué y el cómo de cada cosa. Por eso, esta revelación tenía que ser al mismo tiempo el producto de una enseñanza y el fruto del trabajo, de la investigación y el libre examen. Los Espíritus sólo enseñan aquello que es necesario para guiar al hombre en el camino de la verdad, pero se abstienen de revelarle lo que el hombre puede descubrir por sí mismo, pues le dejan la incumbencia de discutir, examinar y someter todo al tamiz de la razón, dando lugar incluso, muchas veces, a que adquiera experiencia por su propia iniciativa. Los Espíritus proporcionan el principio, los elementos, y al hombre le corresponde aprovecharlos y ponerlos en acción. (Véase el § 15.)

51. Dado que los elementos de la revelación espírita fueron suministrados simultáneamente y en muchos puntos, a hombres de todas las condiciones sociales y de diversos grados de instrucción, es evidente que las observaciones no podían ser hechas en todas partes con el mismo resultado; que las consecuencias a extraer, la deducción de las leyes que rigen ese orden de fenómenos, en suma, la conclusión sobre la que debían asentarse las ideas, no podían surgir sino del conjunto y de la correlación de los hechos. Ahora bien, cada centro aislado, circunscripto a un círculo restringido, al no ver con frecuencia más que un orden particular de hechos, algunas veces contradictorios en apariencia, tratando generalmente con la misma categoría de Espíritus y, además de eso, limitado por influencias locales y partidarias, se encontraba en la imposibilidad material de abarcar el conjunto y, por eso mismo, de unificar las observaciones aisladas en un principio común. Como cada uno apreciaba los hechos según el punto de vista de sus conocimientos y creencias previos, o según la opinión particular de los Espíritus que se manifestaban, pronto habrían aparecido tantas teorías y sistemas como cantidad de centros, todos incompletos por falta de elementos de comparación y examen. En una palabra, cada uno se habría quedado con su revelación parcial, convencido de poseer toda la verdad e ignorando que en otros cien lugares se conseguía más y mejor.

52. Por otra parte, es conveniente señalar que en ningún lugar la enseñanza espírita ha sido dada de manera completa. Abarca una cantidad tan grande de observaciones, de asuntos tan diferentes –que requieren conocimientos y aptitudes Mediúmnicas especiales–, que sería imposible que estuvieran reunidas en el mismo punto todas las condiciones necesarias. La enseñanza debía ser colectiva, no individual, de modo que los Espíritus dividieron el trabajo y distribuyeron los temas de estudio y observación, del mismo modo que en algunas fábricas la realización de cada parte de un mismo objeto es repartida entre diferentes obreros. De ese modo, la revelación se hizo de manera parcial, en diferentes lugares y mediante una multitud de intermediarios, y de esa manera prosigue todavía, pues no todo ha sido revelado. Cada centro encuentra, en los otros centros, el complemento de lo que obtiene, y ha sido el conjunto, la coordinación de todas las enseñanzas parciales, lo que constituyó la doctrina espírita. Era preciso, pues, agrupar los hechos dispersos, para verificar su correlación, así como reunir los diversos documentos, las instrucciones suministradas por los Espíritus acerca de todos los asuntos, a fin de compararlas, analizarlas, estudiar sus analogías y diferencias. Como las comunicaciones provienen de Espíritus que pertenecen a todas las categorías y son portadores de mayor o menor ilustración, era necesario apreciar el grado de confianza que la razón podía concederles, distinguir las ideas sistemáticas individuales o aisladas de aquellas que tenían la sanción de la enseñanza general de los Espíritus, distinguir las utopías de las ideas prácticas, apartar las que eran evidentemente desmentidas por los datos de la ciencia positiva y de la lógica, y utilizar también los errores, las informaciones suministradas incluso por los Espíritus de la más baja categoría, para tomar conocimiento del estado del mundo invisible y crear con ello un todo homogéneo. Era necesario, en síntesis, un centro de elaboración independiente de las ideas preconcebidas, de los prejuicios de secta, dispuesto a aceptar la verdad convertida en evidencia, aunque fuera contraria a las opiniones personales. Ese centro se formó por sí mismo, por la fuerza de las circunstancias y sin un designio premeditado 4.
4 El Libro de los Espíritus, la primera obra que condujo al espiritismo hacia el camino de la filosofía, mediante la deducción de las consecuencias morales a partir de los hechos, y que abordó todas las partes de la doctrina, pues trató las cuestiones más importantes que ella suscita, fue desde su aparición el punto hacia el cual convergieron espontáneamente los trabajos individuales. Es notorio que de la publicación de ese libro data la era del espiritismo filosófico, pues hasta entonces el espiritismo se conservaba en el dominio de las experiencias curiosas. Si ese libro conquistó las simpatías de la mayoría, se debió a que expresaba los sentimientos de dicha mayoría y correspondía a sus aspiraciones, y a que representaba también la confirmación y la explicación racional de lo que cada uno obtenía de modo particular. Si hubiera estado en desacuerdo con la enseñanza general de los Espíritus, de inmediato habría caído en el descrédito y en el olvido. Ahora bien, ¿cuál ha sido ese punto de convergencia? Por cierto, no fue el hombre, que no vale nada por sí mismo, que muere y desaparece, sino la idea, que no perece cuando emana de una fuente superior al hombre. Esa espontánea concentración de fuerzas dispersas suscitó una amplísima correspondencia, monumento único en el mundo, panorama vivo de la verdadera historia del espiritismo moderno, donde se reflejan al mismo tiempo los trabajos parciales, los sentimientos múltiples que la doctrina ha dado a luz, las consecuencias morales, la dedicación y las deserciones; archivos valiosos para la posteridad, que podrá juzgar a los hombres y las cosas a través de documentos auténticos. Ante esos testimonios irrecusables, ¿a qué se reducirán con el tiempo los falsos alegatos, las difamaciones de la envidia y de los celos?(N. de Allan Kardec.)

53. De todas esas cosas resultó una doble corriente de ideas: las unas, dirigiéndose desde los extremos hacia el centro; las otras, encaminándose desde el centro hacia la periferia. De ese modo, la doctrina avanzó rápidamente hacia la unidad, a pesar de la diversidad de las fuentes en que se originó; los sistemas discordantes se derrumbaron poco a poco, debido al aislamiento en que quedaron en relación con el ascendiente de la opinión de la mayoría, pues no hallaron una repercusión afín. A partir de entonces, se estableció una comunión de pensamientos entre los diferentes centros parciales. Como hablan el mismo lenguaje espiritual, se comprenden y se estiman de un extremo al otro del mundo. Los espíritas se sintieron fortalecidos y lucharon con más valor, caminaron con paso más firme a partir de que ya no se vieron aislados y sintieron que existía un punto de apoyo, un lazo que los unía a la gran familia. Los fenómenos que presenciaban ya no les parecían extraños, ni tampoco anormales o contradictorios, puesto que pudieron asociarlos con las leyes generales de armonía, abarcaron la totalidad del edificio y descubrieron una finalidad trascendente y humanitaria en el conjunto 5.

5 Un testimonio significativo, tan notable como conmovedor, de esa comunión de pensamientos que se estableció entre los espíritas por la conformidad de sus creencias, son los pedidos de plegarias que nos llegan de las regiones más distantes, desde el Perú hasta los límites de Asia, formulados por personas de religiones y nacionalidades diferentes, y a las cuales nunca hemos visto. ¿No es eso un preludio de la gran unificación que se prepara? ¿No es la prueba de que por todas partes el espiritismo echa raíces sólidas? Es digno de hacer notar que, de todos los grupos que se han formado con la intención premeditada de provocar una escisión mediante la proclama de principios divergentes, así como de todos aquellos que, apoyados en razones de amor propio u otras cualesquiera para no parecer que se someten a la ley común, se consideran suficientemente fuertes para caminar solos, dotados de las luces necesarias para prescindir de los consejos, ninguno llegó a elaborar una idea que fuese preponderante y viable. Todos se extinguieron o vegetaron en la sombra. No podía ser de otro modo, visto que para encumbrarse, en vez de esforzarse por proporcionar la mayor suma de satisfacciones, rechazaron precisamente los principios de la doctrina que resultan más atrayentes, más consoladores y racionales. Si hubiesen comprendido la fuerza de los elementos morales que constituyen la unidad, no se habrían engañado con ilusiones quiméricas. En cambio, al confundir con el universo el reducido círculo que constituían, no vieron en los adeptos más que una camarilla que fácilmente podía ser  derribada por otra camarilla. Se equivocaron de modo singular en lo atinente a los caracteres esenciales de la doctrina, y ese error sólo podía acarrear decepciones. En lugar de romper la unidad, quebraron el único vínculo que podía darles fuerza y vitalidad. (Véase la Revista Espírita, abril de 1866: “El espiritismo sin los Espíritus” y “El espiritismo independiente”.) (N. de Allan Kardec.)
Sin embargo, ¿cómo podemos saber si un principio se enseña en todas partes o si sólo es el resultado de una opinión individual? Dado que los grupos aislados no estaban en condiciones de saber lo que se sostenía fuera de ellos, era necesario que un centro reuniese todas las instrucciones, para proceder a una especie de depuración de las voces y transmitir a todos la opinión de la mayoría 6.
6 Ese es el objetivo de nuestras publicaciones, que pueden ser consideradas como el resultado de dicha depuración. En ellas todas las opiniones son discutidas, pero las cuestiones solamente son presentadas en forma de principios después de que han recibido la consagración de todos los exámenes, pues sólo ellos pueden otorgar a esos principios fuerza de ley y dar lugar a afirmaciones categóricas. Por esa razón no preconizamos apresuradamente ninguna teoría, y es precisamente por eso que la doctrina, al ser consecuencia de la enseñanza general, no representa el producto de un sistema preconcebido. También es eso lo que la hace fuerte y garantiza su porvenir. (N. de Allan Kardec.)
54. No existe ninguna ciencia que haya salido concluida del cerebro de un hombre. Todas, sin excepción, son el fruto de observaciones sucesivas, apoyadas en observaciones precedentes, como en un punto conocido para llegar a lo desconocido. Así han procedido los Espíritus con respecto al espiritismo, razón por la cual la enseñanza que impartieron es gradual. Ellos no abordan las cuestiones sino a medida que los principios en que se apoyan estén suficientemente elaborados, y la opinión haya alcanzado la madurez necesaria para asimilarlos. También debemos tomar en cuenta que todas las veces que los centros particulares han intentado tratar de modo prematuro algunas cuestiones, no han obtenido más que respuestas contradictorias, nada concluyentes. En cambio, cuando llega el momento oportuno, la enseñanza se generaliza y se unifica en casi todos los centros. Con todo, existe una diferencia sustancial entre el avance del espiritismo y el de las ciencias: la de que estas no han alcanzado el punto al que llegaron sino después de largos intervalos, mientras que al espiritismo le bastaron unos pocos años, si no para subir hasta el punto culminante, al menos para recoger una cantidad importante de observaciones para constituir una doctrina. Ese hecho resulta de la inmensa multitud de Espíritus que, por voluntad de Dios, se manifestaron simultáneamente, aportando cada uno el caudal de sus conocimientos. De ahí resultó que todas las partes de la doctrina, en vez de que fueran elaboradas sucesivamente a lo largo de muchos siglos, lo han sido casi al mismo tiempo, en unos pocos años, y bastó con reunirlas para que conformaran un todo.

Dios quiso que fuese así, en primer término, para que el edificio llegase más rápidamente a su culminación; y luego, para que se pudiera, por medio de la comparación, tener un control de alguna manera inmediato y permanente de la universalidad de la enseñanza. Dado que ninguna de sus partes tiene valor ni autoridad más que por su conexión con el conjunto, todas deben armonizarse, luego de que cada una llegue en su momento y se ubique en el lugar que le corresponde. Como Dios no confió a un solo Espíritu el encargo de promulgar la doctrina espírita, quiso asimismo que tanto el pequeño como el grande, fuera entre los Espíritus como entre los hombres, aportase su piedra al edificio, a fin de que se estableciera entre ellos un lazo de solidaridad cooperativa que le faltó a todas las doctrinas provenientes de una fuente única.

Por otro lado, dado que los Espíritus, al igual que los hombres, sólo disponen de una limitada porción de conocimientos, individualmente no tenían aptitudes para tratar ex profeso las numerosas cuestiones inherentes al espiritismo. A eso se debe también que la doctrina, en cumplimiento de los designios del Creador, no podía ser obra ni de un solo Espíritu ni de un solo médium. Debía salir del conjunto de los trabajos, corroborados los unos con los otros 7.
7 Véase, en El Evangelio según el Espiritismo, “Introducción”, § II, y en la Revista Espírita de abril de 1864: “Autoridad de la doctrina espírita. Control universal de la enseñanza de los Espíritus”. (N. de Allan Kardec.).
55. Un último carácter de la revelación espírita, que surge de las propias condiciones que le dan origen, es que, dado que se apoya en hechos, tiene que ser, y no puede dejar de ser, esencialmente progresiva, como todas las ciencias de observación. Por su esencia, se alía con la ciencia que, como constituye la enunciación de las leyes de la naturaleza con relación a un cierto orden de hechos, no puede contrariar la voluntad de Dios, autor de esas leyes. Los descubrimientos que realiza la ciencia, lejos de rebajar a Dios, lo glorifican; sólo destruyen lo que los hombres han edificado sobre las falsas ideas que se formaron acerca de Dios.

El espiritismo, por consiguiente, no establece como principio absoluto más que lo que ha sido demostrado con evidencia, o lo que se deduce lógicamente de la observación. Conectado con todas las ramas de la economía social, a las cuales presta el apoyo de sus propios descubrimientos, asimilará siempre todas las doctrinas progresivas, sea cual fuere el orden al que pertenezcan, siempre que hayan alcanzado el estado de verdades prácticas y abandonado el dominio de la utopía, pues sin ello se aniquilaría. Si dejara de ser lo que es, defraudaría a su origen y a su objetivo providencial.

Al avanzar a la par con el progreso, el espiritismo jamás será superado, porque si nuevos descubrimientos le demostraran que está equivocado acerca de un punto cualquiera, habría de rectificarse en ese punto. Si alguna verdad nueva se revelara, él la aceptaría 8.
8 Ante declaraciones tan precisas y categóricas como las contenidas en este capítulo, caen por tierra todas las objeciones de tendencia al absolutismo y a la autocracia de los principios, así como todas las falsas interpretaciones que algunas personas desconfiadas o mal informadas atribuyen a la doctrina. Esas declaraciones, por otra parte, no son novedosas: las hemos reiterado muchísimas veces en nuestros escritos, para que no subsista ninguna duda al respecto. Además, ellas nos muestran el verdadero rol que nos corresponde, el único al que aspiramos: el de un simple trabajador. (N. de Allan Kardec.)
56. ¿Cuál es la utilidad de la doctrina moral de los Espíritus, visto que no es otra que la de Cristo? ¿Necesita el hombre una revelación? ¿No puede encontrar en sí mismo todo lo que precisa para conducirse bien?

Desde el punto de vista moral, no cabe duda de que Dios otorgó al hombre una guía, su conciencia, que le dice: “No hagas a los demás lo que no quieras que ellos te hagan”. Por cierto, la moral natural está inscrita en el corazón de los hombres, pero ¿saben todos leerla en ese libro? ¿Acaso nunca han despreciado sus sabios preceptos? ¿Qué han hecho de la moral de Cristo? ¿Cómo la practican aquellos mismos que la enseñan? ¿No se ha convertido en letra muerta, en una hermosa teoría, buena para los demás y no para uno mismo? ¿Reprocharéis a un padre que repita a sus hijos diez veces, cien veces las mismas instrucciones, si ellos no las cumplen? ¿Por qué Dios haría menos que un padre de familia? ¿Por qué no habría de enviar, de tanto en tanto, mensajeros especiales a los hombres, para recordarles sus deberes y llevarlos de nuevo por la senda del bien, cuando se apartan de ella? ¿Por qué no abrirles los ojos de la inteligencia a los que los tienen cerrados, así como los hombres más adelantados envían misioneros a los salvajes y a los bárbaros? Los Espíritus enseñan la moral de Cristo porque no existe otra mejor. Pero entonces, ¿de qué sirve su enseñanza, si sólo repiten lo que ya sabemos? Otro tanto se podría decir de la moral de Cristo, predicada quinientos años antes de Él por Sócrates y Platón, y en términos casi idénticos. Lo mismo se podría decir también de todos los moralistas, que no hacen más que repetir lo mismo en todos los tonos y de todas las maneras. ¡Pues bien! Los Espíritus vienen, muy simplemente, a aumentar el número de moralistas, con la diferencia de que al manifestarse por todas partes, se hacen oír tanto en la choza como en el palacio, tanto por los ignorantes como por las personas instruidas.

Lo que la enseñanza de los Espíritus agrega a la moral de Cristo es el conocimiento de los principios que rigen las relaciones entre los muertos y los vivos, principios que completan las nociones vagas que se tenían acerca del alma, de su pasado y de su porvenir, dando por sanción a la doctrina cristiana las leyes mismas de la naturaleza. Con la ayuda de las nuevas luces que el espiritismo y los Espíritus han aportado, el hombre comprende la solidaridad que vuelve a unir a todos los seres; la caridad y la fraternidad se convierten en una necesidad social; hace por convicción lo que antes hacía sólo por deber, y lo hace mejor.

Cuando los hombres practiquen la moral de Cristo, sólo entonces podrán afirmar que no precisan moralistas encarnados ni desencarnados. Ahora bien, en ese caso Dios tampoco les enviará ninguno más.

57. Una de las cuestiones más importantes, entre las propuestas al comienzo de este capítulo, es la siguiente: ¿Qué autoridad tiene la revelación espírita, puesto que emana de seres de limitadas luces, que no son infalibles? La objeción sería procedente si esa revelación consistiese sólo en la enseñanza de los Espíritus, si debiésemos recibirla exclusivamente de ellos, así como admitirla con los ojos cerrados. Pero pierde todo su valor desde el momento en que el hombre contribuye a esa revelación con su inteligencia y su juicio; desde que los Espíritus se limitan a orientarlo en las deducciones que él mismo puede extraer de la observación de los hechos. Ahora bien, las manifestaciones, en sus innumerables variedades, son hechos a los que el hombre estudia en busca de deducir su ley, y en esa tarea recibe la ayuda de los Espíritus de todas las categorías, que de ese modo hacen las veces de colaboradores más que de reveladores, en el sentido habitual del término. El hombre somete los conceptos de los Espíritus al control de la lógica y el buen sentido, y de esa manera recibe el beneficio de los conocimientos especiales con que cuentan los Espíritus por la posición que ocupan, pero sin abdicar del empleo de su propio razonamiento. Puesto que los Espíritus no son más que las almas de los hombres, al comunicarnos con ellos no salimos fuera de la humanidad, lo cual es una circunstancia primordial que debe ser considerada. Así pues, los hombres de genio, que han sido faros de la humanidad, salieron del mundo de los Espíritus y hacia él volvieron al dejar la Tierra. Si se considera que los Espíritus pueden comunicarse con los hombres, esos mismos genios pueden darles instrucciones en el estado espiritual, del mismo modo que lo han hecho cuando tenían una forma corporal. Pueden instruirnos, después de muertos, tal como lo hacían cuando estaban vivos. En vez  de visibles, son invisibles, y esa es la única diferencia. La experiencia y el saber de que disponen no deben ser menores que antes, y si su palabra como hombres tenía autoridad, no hay razón para que ahora no la tenga, por el solo hecho de que se encuentren en el mundo de los Espíritus.

58. Con todo, no sólo los Espíritus superiores se manifiestan, sino también los de todas las categorías, y era necesario que así sucediera, para iniciarnos en lo que respecta al verdadero carácter del mundo espiritual, y para mostrárnoslo en todas sus facetas. De ahí resulta que son más íntimas las relaciones entre el mundo visible y el mundo invisible, y es más evidente la conexión entre ambos. De ese modo, vemos más claramente de dónde venimos y hacia dónde vamos. Tal es el objetivo esencial de las manifestaciones. Por consiguiente, todos los Espíritus, sea cual fuere el grado de elevación en que se encuentren, nos enseñan algo; pero como ellos son más o menos esclarecidos, nos corresponde a nosotros discernir qué hay de bueno o de malo en lo que nos dicen, y extraer todo el provecho posible de la enseñanza que nos imparten. Ahora bien, todos los Espíritus, cualesquiera que sean, nos pueden enseñar o revelar cosas que ignoramos y que sin ellos nunca llegaríamos a saber.

59. No cabe duda de que los grandes Espíritus encarnados son individualidades poderosas, pero su acción está restringida, y la propagación de sus enseñanzas es necesariamente lenta. Si en la actualidad viniese uno solo de ellos, aunque se tratara de Elías o Moisés, de Sócrates o Platón, a revelar a los hombres las condiciones del mundo espiritual, ¿quién probaría la veracidad de sus afirmaciones, en esta época de escepticismo? ¿No lo tomarían por un soñador o un utopista? Aunque lo que dijeran fuese la verdad absoluta, siglos y más siglos habrían de transcurrir antes de que las masas admitieran sus ideas. Dios, en su sabiduría, no quiso que sucediera eso, sino que la enseñanza fuera impartida por los propios Espíritus y no por los encarnados, a fin de que los primeros convenciesen a estos últimos de su existencia, y quiso que eso ocurriera simultáneamente en toda la Tierra, ya fuera para que la enseñanza se propagara con mayor rapidez o para que, al coincidir en todas partes, constituyese una prueba de la verdad, a fin de que cada uno dispusiera de lo necesario para convencerse por sus propios medios.

60. Los Espíritus no se manifiestan para liberar al hombre del estudio y las investigaciones, ni para transmitirles una ciencia absolutamente elaborada. Con relación a lo que el hombre puede descubrir por sí mismo, lo dejan librado a sus propias fuerzas. Eso es lo que saben hoy perfectamente los espíritas. Hace tiempo que la experiencia ha demostrado que es un error atribuir a los Espíritus todo el conocimiento y toda la sabiduría, así como que basta con dirigirse al primer Espíritu que se presente para conocer todas las cosas.

Los Espíritus provienen de la humanidad, y constituyen uno de sus aspectos. Así como en la Tierra, en el ámbito invisible también los hay superiores y vulgares; muchos, pues, de cuestiones científicas y filosóficas saben menos que ciertos hombres; dicen lo que saben, ni más ni menos. Del mismo modo que los hombres, los Espíritus más adelantados pueden instruirnos acerca de muchas cosas, y darnos opiniones más juiciosas que los atrasados. Pedir consejos a los Espíritus no es tratar con potencias sobrenaturales; es tratar con nuestros iguales, con aquellos mismos a quienes nos dirigiríamos en este mundo: nuestros parientes, amigos o individuos más ilustrados que nosotros. Así pues, es importante que todos estén convencidos de esto, que es precisamente lo que ignoran aquellos que, como no estudiaron el espiritismo, se forman una idea completamente falsa de la naturaleza del mundo de los Espíritus y de las relaciones de ultratumba.

61. ¿Cuál es, por lo tanto, la utilidad de esas manifestaciones, o si se prefiere, de esa revelación, si los Espíritus no saben más que nosotros, o no nos dicen todo lo que saben? En primer término, como ya lo hemos dicho, los Espíritus se abstienen de darnos aquello que podemos obtener mediante el trabajo; en segundo lugar, hay cosas cuya revelación no les está permitida, porque el grado de nuestro adelanto no lo admite. Además de esto, las condiciones de la nueva existencia en que se encuentran les amplía el círculo de sus percepciones: ven lo que no veían en la Tierra. Así, liberados de los impedimentos de la materia, exentos de las preocupaciones de la vida corporal, aprecian las cosas desde un punto de vista más elevado y, por eso mismo, más justo; la sagacidad de que gozan abarca un horizonte más vasto; comprenden sus errores, rectifican sus ideas y se desembarazan de los prejuicios humanos.

En esto consiste la superioridad de los Espíritus con relación a la humanidad corporal, y a eso se debe que sus consejos, según el grado de adelanto que han alcanzado, sean más sensatos y desinteresados que los de los encarnados. El medio en que se encuentran les permite, además, iniciarnos en las cosas relativas a la vida futura, cosas que ignoramos y que no podemos aprender en el ámbito en que nos hallamos. Hasta ahora, en relación con su porvenir, el hombre sólo ha formulado hipótesis, y por esa razón sus creencias al respecto se fraccionaron en sistemas tan numerosos y divergentes, desde el nadaísmo 9 hasta las concepciones fantásticas del Infierno y del Paraíso.
9 En el original: néantisme. Véase El Cielo y el Infierno, Primera Parte, Capítulo I, § 2. (N. del T.)
En la actualidad, son los testigos oculares, los protagonistas mismos de la vida de ultratumba quienes vienen a decirnos en qué consiste esa vida, y sólo ellos podían hacerlo. Por consiguiente, sus manifestaciones han servido para darnos a conocer el mundo invisible que nos rodea y del cual ni siquiera sospechábamos; y ese único conocimiento sería de capital importancia, en el supuesto de que los Espíritus no pudiesen enseñarnos nada más. Si realizarais un viaje a un país desconocido, ¿rechazaríais las informaciones del más humilde de los campesinos que encontrarais? ¿Os abstendríais de preguntarle sobre las condiciones de los caminos, por el simple hecho de que se tratara de un campesino? Por cierto, no esperaréis obtener por su intermedio informaciones de gran alcance, pero de acuerdo con lo que él es y dentro de sus límites, podrá sobre algunos puntos enseñaros mejor que un hombre instruido que no conozca el país. De sus indicaciones extraeréis deducciones que él mismo no obtendría, sin que por eso deje de ser un instrumento útil para vuestras observaciones, aunque apenas sirva para informaros acerca de las costumbres de los campesinos. Sucede lo mismo en lo concerniente a nuestras relaciones con los Espíritus, entre los cuales hasta el menos calificado puede servir para enseñarnos algo.

62. Una comparación vulgar hará todavía más comprensible la situación. Una nave repleta de emigrantes parte hacia un destino lejano. Transporta hombres de todas las condiciones, parientes y amigos de los que se quedaron. Más adelante se recibe la noticia de que el navío naufragó. Ningún vestigio queda de él; no hay ninguna noticia sobre su suerte. Se cree que todos los pasajeros han perecido, y el luto cubre a todas las familias. Sin embargo, la tripulación completa, al igual que los pasajeros, sin omitir un solo hombre, arribó a un país desconocido, abundante y fértil, donde todos viven felices bajo un cielo clemente. No obstante, nadie sabe de esto. Un buen día, otro navío llega a esa tierra, y allí se encuentra con los náufragos, sanos y salvos. La auspiciosa noticia se expande con la rapidez del relámpago, y todos exclaman: “¡Nuestros amigos no están perdidos!” Entonces le dan gracias a Dios. No pueden verse los unos con los otros, pero se envían correspondencia; intercambian demostraciones de afecto y, así, la alegría reemplaza a la tristeza.

Tal es la imagen de la vida terrenal y de la vida de ultratumba, antes y después de la revelación moderna. Esta, similar al segundo navío, nos trae la buena nueva de la supervivencia de aquellos que nos son queridos, así como la certeza de que un día nos reuniremos con ellos. Se disipa la duda sobre el destino de ellos y el nuestro. El desaliento desaparece para dar lugar a la esperanza.

Con todo, otros resultados vienen a fecundar esa revelación. Al considerar que la humanidad está madura para penetrar el misterio de su destino y contemplar con sensatez las nuevas maravillas, Dios permitió que fuese levantado el velo que ocultaba el mundo invisible al mundo visible. Las manifestaciones nada tienen de extrahumanas: se trata de la humanidad espiritual que viene a conversar con la humanidad corporal, y le dice:
“Existimos, de modo que la nada no existe. Esto es lo que somos y lo que vosotros seréis; el porvenir os pertenece tanto como a nosotros. Andabais entre tinieblas, y nosotros vinimos a alumbraros el camino y trazaros un rumbo; ibais al acaso, y vinimos a indicaros la meta. La vida terrenal lo era todo para vosotros, porque no veíais nada más allá de ella, y hemos venido a deciros, mostrándoos la vida espiritual, que la vida terrestre no es nada.
Vuestra visión se detenía en la tumba, y nosotros os develamos, más allá de esta, un horizonte espléndido. No sabíais por qué sufrís en la Tierra, y ahora veis en el sufrimiento la justicia de Dios.

El bien no producía ningún fruto aparente para el futuro, pero de ahora en adelante tendrá un objetivo y constituirá una necesidad. La fraternidad, que no era más que una hermosa teoría, se sustenta ahora en una ley de la naturaleza. Bajo el imperio de la creencia de que todo se acaba con la vida, resulta que la inmensidad es el vacío, el egoísmo reina soberano entre vosotros, y la orden que habéis recibido es: ‘Cada cual para sí’. Con la certeza del porvenir, los espacios infinitos se pueblan hasta lo infinito; en ninguna parte existe el vacío o la soledad; la solidaridad vincula a todos los seres, más acá y más allá de la tumba. Se trata del reino de la caridad, cuya divisa es: ‘Uno para todos y todos para uno’. Por último, al concluir la vida decíais un eterno adiós a vuestros seres queridos; ahora simplemente les diréis: ¡Hasta luego!”

Estos son, en resumen, los resultados de la nueva revelación, que ha venido a llenar el hueco que la incredulidad había cavado, a levantar los ánimos abatidos por la duda o la perspectiva de la nada, y a dar a todas las cosas una razón de ser. Ese resultado, ¿carecerá de importancia sólo porque los Espíritus no vienen a resolver los problemas de la ciencia, a dar saber a los ignorantes, y a los perezosos medios para que se enriquezcan sin trabajar? Entre tanto, los frutos que el hombre debe recoger de la nueva revelación no tienen que ver solamente con la vida futura. Habrá de saborearlos en la Tierra, por la transformación que estas nuevas creencias necesariamente habrán de producir en su carácter, en sus gustos, en sus tendencias y, por consiguiente, en los hábitos y en las relaciones sociales. Al poner fin al reinado del egoísmo, del orgullo y la incredulidad, preparan el del bien, que es el reino de Dios anunciado por el Cristo 10.
10 La anteposición del artículo a la palabra Cristo (del griego Christos, ungido), empleada en sentido absoluto, es más correcta, si se considera que esa palabra no alude al nombre del Mesías de Nazaret, sino que se trata de un adjetivo sustantivado. Se dirá, pues: Jesús era Cristo; era el Cristo anunciado; la muerte del Cristo, y no de Cristo, mientras que se dice: la muerte de Jesús y no del Jesús. En Jesucristo las dos palabras reunidas forman un solo nombre propio. Por la misma razón se dice: el Buda Gautama conquistó la dignidad de Buda por sus virtudes y su austeridad. Se dice: la vida del Buda, del mismo modo que se dice: el ejército del Faraón y no de Faraón; Enrique IV era rey; el título de rey; la muerte del rey, y no de rey. (N. de Allan Kardec.)

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¿Cómo reconocer un “Espiritista Verdadero”, en el Espiritismo?

¿Cómo reconocer un “Espiritista Verdadero”, en el Espiritismo? 
Un Espiritista Verdadero es aquel que según el Libro de Obras Póstumas, de Allan Kardec lo describe así:

Breve Contestación a los Detractores del Espiritismo

“Solo reconoce por adeptos suyos a los que practican su enseñanza, es decir, a los que trabajan en su propio mejoramiento moral, esforzándose en vencer sus malas inclinaciones, en ser menos egoístas y orgullosos, más afables, más humildes, pacientes, benévolos, caritativos para con el prójimo y moderados en todas las cosa, pues este es el signo característico del espiritista verdadero…”

Un Espiritista Verdadero, no es el que cobra menos dinero. Esos son “Charlatanes”, infiltrados en el Espiritismo. Los “Charlatanes”, son los que cobran dinero en el Espiritismo.


Evaluar a un Espiritista, y saber si es uno Verdadero, se necesita tener conocimiento adquirido, mediante la lectura de los Libros Codificados de Allan Kardec, Así se puede verificar la autenticidad.

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1/15/16

Un RESUMEN sobre los recursos del Espiritismo para sanar las Obsesiones Espirituales seria:









  • Moralización del Obsesado obteniendo su ascendencia Moral y luego al Obsesor moralizarlo.



  • Fortalecimiento de la "Voluntad" del Obsesado para que pueda Rechazar al Obsesor.



  • Oración Magnética Mental. (Grupales),



  • Magnetización del Obsesado, mediante Pases Magnéticos.



  • Educación Espirita.


Los postulados y la definición de la Filosofía Espirita antes expresada es nuestra razón de ser en esta red social. Por la naturaleza de este medio, muchas personas con diferentes corrientes de pensamiento y de diferente postura con relación al Espiritismo, pueden hacer comentarios a nuestras reflexiones. Esto nos llena de mucha satisfacción, porque ilustra claramente que el propósito de la existencia de esta página ha cometido su propósito al lograr cruzar barreras de idiomas y de pensamientos. Estamos muy claros en que nuestra filosofía es una de carácter Kardeciana y es la que promulga el deseo genuino de Dios en cuanto al comportamiento Moral de nuestra sociedad y de toda la raza humana, pero no tenemos ninguna conexión con otras corrientes de pensamiento sincretistas como lo son: Práctica de africanismo, indigenismos o ritualismos étnicos, Religiosos, folclóricos o sincréticos ni se hacen rezos, baños de plantas, consume de aguardiente o tabacos, inhalaciones toxicas, curaciones mágicas, maleficios o encantamientos y Santería.



Las obsesiones se Curan según el Espiritismo.






Excelente recurso de información según El Espiritismo, en el siguiente Libro Gratuito:








Todos están bienvenidos a comentar nuestras reflexiones, pero en nada esto significa que patrocinemos estas corrientes diferentes de pensamientos.











Queremos ser un faro, donde aquellos que desean encontrar el puerto seguro, puedan libremente acercarse al dialogo y a la comprensión. Jesús nos enseño a no hacer acepción de persona alguna, somos llamados a la comprensión y a la tolerancia con todos aquellos que aunque tengan pensamientos diferentes, siguen siendo seres humanos en el proceso de encontrar el sendero de la verdad en su camino evolutivo.












REFERENCIAS PARA ESCRIBIR ESTA REFLEXIÓN



  • El Evangelio Según El Espiritismo, Allan Kardec

  • El Libro de Los Espíritus, Allan Kardec

  • Obras Póstumas, Allan Kardec

  • Genesis

  • El Cielo Y el Infierno – Allan Kardec

  • El Libro de Los Médiums – Allan Kardec











Frank Montañez

“Soy Espírita”

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Si me mencionas o no, no es importante para mí, pero sí; es una falta el atribuirte que la información publicada es de tu autoría al no hacer mención alguna del autor original, si no das el crédito al que originalmente lo creo, eso es propiedad intelectual y al no dar el crédito, constituye una falta de moralidad. Recomiendo que añadas al final de tu reflexión algo así:




Partes de esta reflexión ha sido tomada de un artículo publicado por Frank Montañez de “Soy Espírita” en su blog: www.soyespirita.blogspot.com




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Eso evitarás que actúes mal sin quererlo hacer, de eso se trata la Educación Espírita.






Los siguientes enlaces te conducen a estos temas ya publicados para ayudarte en tu desarrollo de educación espiritual:









































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Los invito a que descarguen los AUDIO Libros en mi blog. No hay escusas para no leer el Libro de los Espíritus y el de Los Médiums, pues pueden escucharlos narrados. Visita mi blog o simplemente dale clic al libro que ves listado a continuación.





¡VIVA EL ESPIRITÍSMO!





Haz clic en este enlace - AUDIO LIBRO – EL EVANGELIO SEGÚN EL ESPIRITISMO.


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Espero estos enlaces te conduzcan a información que te ayude a lograr activar tu crecimiento espiritual, a través de la Transformación Moral.


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NOTA ACLARATORIA:





Han notado que nuestras reflexiones se redactan para la Educación de nuestra filosofía, tal y como lo ilustran Los Espíritus de La Codificación Espirita dada a Allan Kardec. Muchas de estas enseñanzas lucen como que deben ser tratadas en la Casa Espírita y creo que sí; es esto correcto. Pero la mayoría de nuestros lectores no tienen acceso a Casa Espírita alguna, entonces no nos podemos quedar con las manos cruzadas esperando que Espíritus Impuros que sabiendo esta realidad se adelanten se introduzcan en los hogares de personas que con genuino interés se acercan a nuestra página buscando ayuda. Para ellos les sugiero considerar conformar un pequeño grupo de Estudios en su hogar. Así se deleitaran de las enseñanzas de los Espíritus. Estos dos enlaces te ayudaran a comenzar a conformar tu grupo de Estudio:





  • http://soyespirita.blogspot.com/2014/01/ley-de-sociedad-i-necesidad-de-la-vida.html

  • http://soyespirita.blogspot.com/2011/08/recomendaciones-para-los-nuevos-grupos.html













No demostramos compasión si no ayudamos a estas personas en estos lugares inaccesibles que no existe ninguna Casa Espírita cerca y tal vez nunca la habrá a no ser por nuestra educación por el Internet. Para muchos el desarrollo de la Mediúmnidad es tan serio que no han desarrollado aun Médiums en sus lugares de reunión. Pero eso no debe ser la norma, pues el mismo Allan Kardec nos apercibió de que esto era esencial en el desarrollo espiritual de las comunicaciones Mediúmnica.




Preferimos hacer accesible esta información para aquellos que genuinamente desean crecer espiritualmente, y yo soy el de pensar que si los deseos de estos nuevos allegados son encaminados al desarrollo de la Mediúmnidad, es preferible ayudarlos que dejarlos a expensas de Espíritus Impuros que aprovechándose del deseo más profundo de crecer espiritualmente intervengan para que esto no se logre.




Esta educación debe ser el detonador para el establecimiento de nuevos centros de reunión para nuevos allegados y esto cumple el propósito de la codificación y de la Ley de Progreso y Crecimiento espiritual a que todos tenemos derecho.









































Autenticidad de los libros Codificados por Allan Kardec según el Libro de Génesis, ¿Qué es una Opinión en el Espiritismo? y el propósito del Espiritismo con la Humanidad:





Ítem #10. Sólo los espíritus puros reciben la misión de transmitir la palabra de Dios, pues hoy sabemos que los espíritus están lejos de ser todo perfectos y que algunos intentan aparentar lo que no son, razón por la cual San Juan ha dicho: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” (Primera Epístola Universal de San Juan Apóstol 4:1).



De modo que nadie tiene la autoridad Espiritual ni Moral de realizar cambios a los libros codificados que no sean los dueños y autores originales; "Los Espíritus".




Veamos lo que dice la introducción del Libro de Génesis, comentado y firmado por Allan Kardec y lee como sigue: Introducción, De la primera edición, publicada en enero de 1868.


“A pesar de la intervención humana en la elaboración de esta





Doctrina, la iniciativa pertenece a los espíritus, pero no a uno en especial, ya que es el resultado de la enseñanza colectiva y concordante de muchos espíritus, puesto que si se basara en la doctrina de un espíritu no tendría otro valor que el de una "opinión personal". El carácter esencial de la Doctrina y su existencia misma se basan en la uniformidad y la concordancia de la enseñanza. Por tanto, todo principio no general no puede considerarse parte integrante de la Doctrina, sino una simple opinión aislada de la cual el Espiritismo no se responsabiliza.


Es esa concordancia colectiva de opiniones, sometidas a la prueba de la lógica, la que otorga fuerza a la Doctrina Espírita y asegura su vigencia. Para que cambiase, sería necesario que la totalidad de los espíritus mudasen de opinión, es decir, que llegase el día en que negasen lo dicho anteriormente. Ya que la Doctrina emana de la enseñanza de los espíritus, para que desapareciese sería necesario que los espíritus dejasen de existir. Y es por eso que esta Doctrina prevalecerá siempre sobre los demás sistemas personales, que no poseen, como ella, raíces por doquier. El Libro de los Espíritus ha consolidado su prestigio porque es la expresión de un pensamiento colectivo y general.”

Firmado por Allan Kardec.






El Libro de Génesis, escrito por Allan Kardec nos indica lo siguiente tambien:


Ítem #40. El Espiritísmo presenta, como ha sido demostrado (cap. I, n.º 30), todos los caracteres del Consolador prometido por Jesús. No es, en absoluto, una doctrina individual, una concepción humana; nadie puede decirse su creador (Pues sus creadores fueron los Espíritus). Es el fruto de la enseñanza colectiva de los espíritus presididos por el Espíritu de Verdad. No suprime nada del Evangelio: lo completa y aclara. Con la ayuda de las nuevas leyes que revela, en unión con las de la ciencia, hace comprender lo que era ininteligible y admitir la posibilidad de aquello que la incredulidad tenía inadmisible. Hubo precursores y profetas que presintieron su llegada. Por su poder moralizador, prepara el reino del bien sobre la Tierra.


La doctrina de Moisés, incompleta, terminó circunscrita al pueblo judío; la de Jesús, más completa, se extendió a toda la Tierra mediante el cristianismo, pero no convirtió a todos; el Espiritismo, más completo aún, con raíces en todas las creencias, convertirá a la Humanidad.1


1. Todas las doctrinas filosóficas y religiosas llevan el nombre de la individualidad fundadora, por lo que se dice: el Mosaísmo, el Cristianismo, el Mahometismo, el Budismo, el Cartesianismo, el Furierismo, el Sansimonismo, etc. La palabra Espiritismo, por el contrario, no involucra a ninguna persona en especial; pero sí define a una idea general que indica, al mismo tiempo, el carácter y la fuente múltiple de la Doctrina. [N. de A. Kardec.]






Claramente Allan Kardec y El Espíritu de verdad que dictó los Libros Codificados que el Espiritísmo, más completo aún, es con raíces en TODAS LAS CREENCIAS y la fuente múltiple de la doctrina, refiriéndose a que con Moisés la Doctrina fue incompleta y la de Jesús se extendió mediante el Cristianismo, pero no convirtió a todos, por lo tanto es hoy que el Espiritísmo ha de ser de todos, todas las doctrinas religiosas, "Mosaísmo, Cristianismo, Mahometismo, el Budismo, el Cartesianismo, el Furierismo, el Sansimonismo, y yo ando los Musulmanes, los Hinduistas, los Ateos, los Laicos, los de Joaquín Trincado, los Santeros, Umbanda, en fin a "TODOS", es más incluyo, hasta los extraterrestres, Todos adelantaran sus Espíritus mediante las enseñanzas del Espiritísmo.



En el libro de Obras Póstumas, Allan Kardec, luego de haber dedicado 13 años a la Codificación Espírita, y haber codificado y publicado los 5 Libros Básicos, dijo lo siguiente refiriéndose al Espiritismo:



EL ESPIRITÍSMO NO ES UNA RELIGIÓN Constituida…



El espiritismo es una doctrina filosófica que tiene consecuencias religiosas como toda filosofía espiritualista y por esto mismo toca forzosamente las bases fundamentales de todas las religiones: Dios, el alma y la vida futura; pero no es una religión constituida, dado que no tiene culto, rito ni templo, y que entre sus adeptos ninguno ha tomado ni recibido titulo de sacerdote o sumo sacerdote. Estas calificaciones son pura invención de la crítica.


Obras Póstumas – Allan Kardec







TODOS SOMOS MÉDIUMS





Libro de Los Mediums - Sobre los Médiums - X




Todos los hombres son médiums, todos tienen un Espíritu que los orienta hacia el bien, en caso de que sepan escucharlo. Ahora bien, poco importa que algunos se comuniquen directamente con él a través de una mediumnidad especial, y que otros sólo lo escuchen a través de la voz del corazón y de la inteligencia, pues no deja de ser su Espíritu familiar quien los aconseja. Llamadlo espíritu, razón o inteligencia: en todos los casos es una voz que responde a vuestra alma y os dicta buenas palabras. Sin embargo, no siempre las comprendéis. No todos saben proceder de acuerdo con los consejos de la razón, no de esa razón que se arrastra y repta más de lo que camina, que se pierde en la maraña de los intereses materiales y groseros, sino de esa razón que eleva al hombre por encima de sí mismo y lo transporta a regiones desconocidas. Esa razón es la llama sagrada que inspira al artista y al poeta, el pensamiento divino que eleva al filósofo, el impulso que arrebata a los individuos y a los pueblos. Razón que el vulgo no puede comprender, pero que eleva al hombre y lo aproxima a Dios más que ninguna otra criatura; entendimiento que sabe conducirlo de lo conocido a lo desconocido, y le hace realizar las cosas más sublimes. Escuchad, pues, esa voz interior, ese genio bueno que os habla sin cesar, y llegaréis progresivamente a oír a vuestro ángel de la guarda, que desde lo alto del cielo os tiende la mano. Repito: la voz íntima que habla al corazón es la de los Espíritus buenos, y desde ese punto de vista todos los hombres son médiums.




Channing






Libro de Los Mediums - Capt. XVII


Amigos míos, permitidme que os dé un consejo, dado que avanzáispor un terreno nuevo, y si seguís la ruta que os indicamos no osextraviaréis. Se os ha dicho una gran verdad, que deseamos recordaros: el espiritismo es sólo una moral, y no debe salirse de los límites de la filosofía, ni más ni menos, salvo que quiera caer en el dominio de la curiosidad.


Dejad de lado las cuestiones científicas, pues la misión de los Espíritus no es resolverlas, ahorrándoos el esfuerzo de las investigaciones.


"Tratad antes de mejoraros, pues de ese modo progresaréis realmente".


San Luis






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